Negocios desalmados

Publicado: diciembre 28, 2010 en Uncategorized

La noche que vendí mi alma fue un jueves. Es el día que daba clases de pintura a Mirna. Mirna es la mujer que amo y por quien daría la vida. Y por quien ya entregué mi alma. Antes Mirna tomaba clases de pintura todos los días. Así fue como me enamoré de ella. Ponía gran dedicación a sus clases y asistía puntualmente. Compensaba de esta forma su falta de talento. A base de grandes esfuerzos fue capaz de realizar, después de algunos meses, su primera obra. Un bodegón bastante mediocre que firmó orgullosa con su sonrisa eterna en los labios. Me abrazó y me dijo dulcemente que jamás lo habría logrado sin mi ayuda. Puso sus labios en los míos. Fue un beso espontáneo, pero cuya llegada había esperado tantas noches en mi estudio. Dos días después, con la voz temblorosa y aparentando un puro interés artístico le pedí que posara para mí para pintar su espalda de diosa helénica. Dibujé como tres líneas en mi lienzo blanco antes de lanzarme sobre ella y hacerle el amor. Ya no pude vivir sin ella.

Ella llevaba café todas las tardes. Yo guiaba con mi mano la suya mientras el pincel acariciaba el lienzo.  Sus cuadros, nuestros cuadros, rayaban en lo vergonzoso. Parecían pintados por un niño de seis años, ciego y con Parkinson. Pero ya poco importaba su avance. Ella no era buena para el arte y yo era pésimo para la enseñanza. Lo importante es que entre óleos y pinceles la amaba cada tarde.  Cada tarde por tres meses. Después me dijo que sólo podría martes, miércoles y jueves. Una semana después se fijo el jueves como único día de verla. Evitaba mis manos. Sus besos eran pocos y sin emoción. Sus ojos almendrados estaban en otro sitio. Igual su mente. Y, según me enteraría muy pronto, también su corazón.

Lo soltó a quemarropa. Algunas cosas se dicen así para que el golpe sea menos doloroso. En este caso creo que era ella quien se protegía pues no había forma de que sus palabras no me devastaran. Ella se marcharía. Debía retomar su camino. Tenía que buscar su futuro al lado del hombre que representa lo que ella necesitaba. Que no era necesariamente amor. En Julio próximo ella se casaría. Debía dejar de soñar y caminar con sus pies bien puestos en el suelo. Yo sentí que no había suelo bajo los míos. Un abismo así de grande se abrió delante de mí. Un sabor amargo en mi boca. Una sensación de vacío – que después supe que era gastritis- royendo mis entrañas.  Me dejó un beso triste y helado en los labios. Tomó sus pinceles, un montón de sueños de niña y caricias sin usar y las guardó en cierto baúl que ya jamás iba a mirar. La sonrisa eterna no me fije donde la dejó.

El dolor de su partida se me juntó con la frustración de que se me iba con alguien más. Nunca supe cuánto me amó, si lo hizo. Lo único que importaba era recuperarla. Parecía que no habría forma de retenerla. A no ser por un billete ganador de la lotería. Pero la suerte jamás me ha favorecido de esa manera. Tenía que encontrar otro método.

Lo intenté todo. Todo lo que estaba en mis manos, porque de pronto ella se volvió un fantasma. Llevaba semanas sin verla.  Mi mundo se había acabado de pronto y pensé que, a falta de dinero podría vender lo más caro que poseía. Pero no encontré forma de vender algún órgano en el mercado negro así que sin más me vi orillado a recurrir a las fuerzas sobrenaturales en un intento desesperado de pasar mi vida a su lado. Visité varias yerberas que me hicieron beber amargas pócimas para atraerla de vuelta. Un chamán de Catemaco me hizo una muñeca color roja con una prenda suya que no mencionaré por pudor pero que se usa bajo los pantalones.  Invoqué a cuanto súcubo encontré en cada bestiario que se haya escrito.  Puse a San Antonio junto con otras deidades de cabeza. Me bañé en sangre de cabra bajo la luz de la luna aullando su nombre (imagínese en este punto al pintor en medio de un lote baldío, en pelotas, gritando con lágrimas en los ojos: Mirnaaaaaaaaaaaaaaaa) Nada funcionó. Y la desesperación me condujo a pensar seriamente en negociar mi ya de por sí devaluada alma. Pero el Maligno no aguarda en un rincón con el contrato en la mano esperando a que a uno se le ocurra hacer un pacto. Así que tuve que sufrir seis meses más mirando cómo el destino de mi amada se materializaba al tiempo que mi sueño se hacía polvo.

Una fría mañana de febrero me encontré sollozando en la catedral. Temblando de frío y de dolor. Aunque la tristeza se había vuelto imperceptible como mi sombra, esa mañana su recuerdo y su futuro se habían vuelto una carga con la que no pude más.  Es extraño que el Príncipe de las Tinieblas se presente precisamente en la casa de Dios. Pero juro que así fue. Disfrazado como vagabundo se acercó a mí con una botella aguardiente de caña en la mano. Me ordeno beber de ella. El calor del alcohol destrozando mi garganta le trajo algo de vida a mi cuerpo. Me dijo que podía hacer que ella estuviera a mi lado siempre que yo supiera cómo pedirlo. Y que si ella valía más que mi propia salvación entonces todo era posible. Un segundo después se había esfumado. En vano le invoqué durante siete días pero el ángel caído no regresó. Al octavo día, mientras fumaba un cigarrillo sentado al pie de la puerta de catedral una mujer gorda y con una chalina sobre los hombros me habló así: ¿Sabes ya cómo pedir lo que deseas? Yo respondí: Sí, quiero que ella vuelva a mí, que se enamore de mí y que estemos juntos por siempre. Ella bajó la vista y negó con la cabeza. Aún no estás listo, dijo. Y se marchó. Cada día, siempre en la cercanía de catedral, me acechaba en un disfraz distinto el futuro dueño de mi alma. Le pedí a un hombre vestido de charro regresar el tiempo y cambiar lo que hice mal. Contestó que si lo hiciera el destino se encargaría de que todo saliera igual. Le pedí a un niño ciego de voz escalofriante que no existiera el otro hombre para que ella pudiera amarme. Me contestó que si no fuera él habría seguramente alguien más. Distinto a mí, pero parecido a él.  Le pedí a una colegiala con coletas y falda tableada ser más rico que el  hombre con quien Mirna se casaría. Sonrío dejándome ver sus dientes con braquets y me dijo: Eso no cambiaría lo que ya está escrito. Pero te estás acercando.

Ya me había cansado de tantos juegos. De no obtener lo que quería.  ¿Acaso mi alma no lo valía? Y mientras el otro hombre agotaba los besos de Mirna. Su esencia. Y me imagino que su sonrisa que yo pensaba eterna y que casi se había ido de su rostro la última vez que la miré. Carajo, cómo odiaba al tipo. Qué rabia le tenía. Qué envidia de ser el que la tenía para sí. Y yo sin ella y regateando con el diablo lo único que me quedaba.

Finalmente el 29 de Febrero, fecha casi imposible, un hombre con el cabello blanco y los ojos rosados me indicó que era el último día que podía ofrecerme un trato. Desganado contesté casi susurrando que no sabía cómo debía formular los términos del contrato. Que ya no me importaba lo que pasara y que en ese momento la ira y la envidia me desgarraban. Que maldecía a mi suerte por no ser él.

Ahí lo tienes, dijo. Ésa, es la forma de pedirlo. Dime que deseas ser él. Dime que estás dispuesto a sacrificar lo que eres. Que deseas renunciar a ser tú por estar a su lado. Que ella vale más que todo lo que fuiste y lo que puedes ser. Al hacerlo estás renunciando a tu alma y de esa forma puedo tomarla. Al mismo tiempo me demuestras que estarás satisfecho con el resultado de la transacción. Me pareción sensato lo que decía. Y no había otra cosa en el mundo que yo pudiera pensar que sería mejor que ser él. Ser el futuro esposo de Mirna.

El albino me dijo que debía cumplir ciertas encomiendas. Algunos de los crímenes que cometí a petición suya, son tan horribles que no me atrevo a relatarlos. Pero el precio de la sangre me parecía poco. Aún más si tomamos en cuenta que era ajena la sangre derramada. Por último una calurosa tarde de Mayo una voz de mujer por teléfono me dictó un número de cuenta de un muy terrenal banco y me pidió depositar 100,000 pesos. Me pareció sospechosa la petición. ¿Para qué querría el diablo esa cantidad? La voz de la mujer me indicó que era para cumplir el pacto de alguien más. Me recordó que el diablo no posee riquezas propias y que aunque tuviera el dinero debía cubrir siempre su rastro en la tierra. Me dijo que era un intermediario haciendo realidad lo que Dios nos negaba y que para él era tan fácil. Me tranquilizó diciéndome que para el 16 de Julio todo estaría resuelto. Mi deseo se habría cumplido para esa fecha.  ¡Ésa fecha era la fecha en que Mirna se casaría! Mi sorpresa ante ese dato borró de mi mente toda duda y me apresuré a conseguir el dinero. Hipotequé mi casa. Vendí mi auto. Hice el depósito tres días después. Y esperé.

El 16 de Julio llegó y se fue. Ningún cambio se había operado. Me enfurecí. Busqué al albino por todas partes durante siete días en las cercanías de la catedral. Al octavo día lo encontré. Lo tomé por el cuello tratando de asfixiarlo. Me miró sorprendido. Fingió no reconocerme. Casi lo muelo a golpes. Entre sangre y uno que otro diente roto extendió una sonrisa paternal sobre su rostro.

¿Es que no lo ves? dijo. Todo se cumplió cabalmente. La transmutación se llevó a cabo. La persona con quien negocié es ahora el flamante y feliz esposo de Mirna. Y esa persona fue antes su maestro de pintura. Pero ahora él no lo recuerda, porque para que todo funcione sin que mi huella se vea presente debí borrar de su memoria los pormenores de cómo llegó hasta ahí. Y cuando me ocupé de llenar su espacio con la esencia del maestro de arte tuve que poner la conciencia del otro hombre en algún sitio. Y él único que encontré fue el cuerpo del pintor que había quedado vacío. Y aquí estás. Tuvo que ser de esa forma para no alterar las leyes del universo. Tuvo que ser así para que Mirna no lo notase. Y ya ves que ni tú mismo sabes cómo es que ahora eres quien la ha perdido para siempre.

No creí ni una palabra. Respondí: ¿Y cómo es entonces que me encuentro acá, reclamándote por un contrato del que nada debería saber?  ¿Cómo es que mi memoria está intacta? ¿Por qué no la has borrado si lo que dices es cierto?

Calma, contestó. Lo que sucede es que al ocupar el cuerpo del artista, te has llenado de su pasado, su presente y su porvenir. De lo que él fue y de lo que será. En otras palabras sus recuerdos ahora te pertenecen y con ellos el de un supuesto trato con el demonio. Así debía ser y no de otra forma. Sería raro que un loco se presente sin más alegando que está viviendo en un cuerpo ajeno y que esa vida no le corresponde. No es conveniente para ninguno de ustedes dos. Lo único que se obtendría de un trato pensado con tan poca cautela sería un cuarto en el pabellón psiquiátrico para ambos. Dime ¿qué caso tiene? Ahora dime, ¿no te alegra pensar que el otro hombre que en realidad es un poco tú y un poco él mismo ame tanto a Mirna que haya hecho conmigo semejante trato? En tu memoria, que es la del pintor con quien hice negocio ¿no te choca la sensación de que el hombre con quien Mirna se casa es un desalmado? Bien, he ahí el motivo. Y la prueba que necesitas. Ese desdichado no tiene alma por que la ha vendido para estar siempre con ella. Ahora, en el intercambio, resulta que el hombre que crees ser ahora recuerda haber hecho tratos conmigo y reclama incumplimiento de mi parte. Te he dado pruebas de que mis obligaciones fueron cumplidas. Si de cualquier forma, engañado por tus falsos recuerdos decides que no fue así podemos negociarlo de nuevo. Y yo tendré un alma más por un mismo negocio. Aunque por simpatía debo decirte que el resultado será prácticamente el mismo. En unos días alguien, probablemente el otro hombre, vendrá a reclamarme que sigue sin ella. Como ves, es un círculo vicioso por llamarlo de alguna forma.

Su argumento, si no sólido, al menos era coherente y parecía tener algo de sentido. Caminé confundido alejándome del albino. ¿Será posible que yo no sea yo? ¿Qué ahora estoy felizmente casado con Mirna? ¿Que este pobre pintor, está ahora arruinado por la transacción que yo – ahora el otro hombre- llevé a cabo? No sé cómo debo sentirme. Si yo en realidad soy el que se casaría con Mirna y ahora la he perdido me gustaría recuperarla. Aunque no a través de pactos con Lucifer. Porque aún persiste la duda en mí. Si lo que el diablo, o ese albino estafador, dijo es cierto eso explicaría porque soy un pintor tan malo. Tal vez ésa habilidad no la recuperé por completo de entre los recuerdos de mi rival.

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Es hora de tenerte

Publicado: octubre 26, 2010 en Uncategorized

El sabor del whisky y ginger ale lo tienes impregnado en los labios
y la tenue frontera entre la realidad y los sueños se desvanece
igual que el gris humo del cigarrillo que apago en el cenicero
es la hora de tenerte
y lo banal desaparece, lo cotidiano no es más
y cada minuto extiende sus segundos infinitamente.
Es hora de tenerte de nuevo
y a cada minuto de la ansiosa espera
se antepone el placer incontenible
no hay más límites
y sin más me lanzo sobre ti
Hacemos el amor como la primera vez
Hacemos el amor como la última vez
Comenzamos así y terminamos cogiendo
Por primera vez en lo que parecen cientos de años
compartimos más que los fluidos
también compartimos el lecho
y la noche
y quizás hasta el sueño

but not tonight

Publicado: septiembre 21, 2010 en Uncategorized

Así que las cosas eran así de nuevo. Arrojada de nuevo a la calle. De vuelta a su departamento frío y vacío al sur de la ciudad. Nadie la espera. Nadie llegará tras ella. De vuelta a la realidad tras vivir un corto sueño. Como una resaca. Como despertar tras un viaje de ácido. Vaya si lo sabía.

¿Qué era lo que sentía? ¿Una cruda moral? No, era peor que eso. Y mientras el último autobús la llevaba de vuelta a su vida gris ella recopilaba los recientes acontecimientos: habían hecho el amor. Un punto a su favor; después de tanto tiempo estuvieron juntos. Él era casado. Otro punto a su favor, la emoción de lo prohibido lo volvió doblemente placentero. ¿Era eso una victoria, que él se quedara con su esposa pero pensando en ella? No, eso también había sido lo que la dejó de nuevo sola. Así que no contaba. Si él había mejorado o no, ella no lo podría decir… había sido un largo tiempo desde la última vez, ¿habría sido en abril?

Ella lee un libro en el autobús. Su mente está en algún otro lado. Mira las letras. Un montón de signos arbitrarios sin ningún orden. Avanza unas diez páginas antes de darse cuenta que en realidad no entendió una puta palabra. Regresa a cinco, seis, siete páginas segura de haber visto antes esas palabras pero sin haber capturado lo qué pasaba. En su libro el detective McKenzie se lamentaba del lugar miserable donde vivía. La descripción de su barrio le tomó unas cinco páginas así que no perdió mucho contenido. Revisó su celular para mirar la hora. La batería estaba muerta. El teléfono apagado y sus pensamientos dirigiéndose hacia él. Hacia la noche mágica que compartieron. Hacía sus brazos. Hacia su cuerpo sudando a mares mientras la poseía. Al ácido sabor de su hombría. Su cálida respiración sincopada, sus ojos ocultos en la oscuridad. Dios sabe como quiso mirar sus ojos, mirarse reflejada llena de deseo en él. Pero la oscuridad y el silencio eran sus cómplices. Su refugio.

Ella se dijo que no lo amaba. Sabía que todo había acabado. Se dijo que era solo una noche de placer. Sabía que era puro instinto. Pero a pesar de eso, él se quedó con ella. La abrazo y se quedó dormido. Pudieron dormir separados pero él quiso dormir a su lado. Recordó a Al Pacino en “Perfume de Mujer”: quiero dormir con una mujer y que al despertar ella siga ahí. Ella quería despertar a su lado. Siempre.

El día siguiente ella lo despierta con un beso. El día siguiente es una fantasía. El día siguiente es la representación de cada día que estuvieron juntos. Todo es perfecto y ella olvida que estuvieron separados por tres años. La tarde los encuentra en el sillón besándose apasionadamente. Él besa sus pechos. Su mano impaciente frota su femineidad. Ella chorrea deseo. Ella a su vez lo hace tironearse, gemir y estallar. Una mancha en sus pantalones. Luego él mira el reloj y se detiene.

-Debes irte.

Ella busca en su mente por un segundo. Luego adivina:

-¿Ella regresa hoy no?

Él permanece callado.

Ella se encabrona, pero entiende. Nunca hubo un acuerdo. ¿Para qué emputarse?

Está en casa ahora. ¿Dónde mierdas está ese disco de Depeche Mode? Quiere sentirse viva sin necesidad de que un cabrón se la coja. No lo encuentra. Ni modo, escucha Theatre of tragedy. Liv Kristine la adormece con Venus. Puso a cargar el celular. De inmediato suena pero ella no contestará. Garbage: You look so fine… ¿dónde está ese disco, carajo?

En su mente él está ahora con su esposa. Dobleteando. Y ella acá como pendeja con una cerveza en la mano. Y sola para acabarla. Nadie con quien desquitarse.

The cure: Pictures of you. Ni siquiera tenían una foto juntos. Tal vez era mejor. Lo que menos quería era verle. Pero sí estar con él. Sentirlo rompiéndola en dos.

Revisa el refrigerador. Dos cervezas más. En la barra tres cuartos de un Jack Daniel´s que sobró de una fiesta. Tequila blanco regalo de sus compañeros de trabajo. Se decide por el bourbon. Sin agua. Porque no hay. Hielos en un vaso de plástico con dibujitos de Hello Kitty. Adios glamour. En el estéreo: Placebo canta: remember me when you’re the one you always dreamed… Special needs.

Regresa al despacho. En realidad un cuarto vacío donde puso su computadora, el sistema de sonido y un montón de libros empolvados. Un sillón, una mesa, un escritorio y un par de sillas del comedor. Su espacio.

Un ardiente trago de whiskey. Una fumada a sus cigarros cubanos que encontró en una chamarra. Se levanta hecha la chingada. Corre a la recámara. Saca de entre sus cosas una caja vieja. No la había tocado desde que se mudó. Un chingo de fotos de viajes. Ahora le parece pendeja su expresión alegre en las fotos: una chica linda, feliz. Sin desequilibrios emocionales. Al fondo de la caja un montón de CDs.  Mars Volta, Deftones, Pearl Jam… y sí, ahí estaba: Black Celebration de Depeche Mode. Track número once. But not tonight. La letra no estaba impresa en el librillo. Pero no importaba. Ella la sabía de memoria. Encendió otro cigarrillo. Dave Gahan con su voz grave y arrastrada le traía esperanza. La luna está brillando en el cielo, recordándome muchas otras noches, cuando mis ojos estuvieron tan rojos. Cuando fui tomado por muerto… Sí. Volveremos a estar juntos. Volveremos coger como animales. Y a sudar. Y a mojarnos. Y a amarnos. Pero como dice el buen Dave: not tonight.

Carta a una que me amó brevemente

Publicado: septiembre 12, 2010 en Uncategorized

Te amé desde el momento que te marchaste. Te amaré hasta que la realidad no sea más. Te he amado como todos, pero nadie te ha amado como yo. La premisa de que nunca estarás conmigo mantiene vivo mi sentir. Y mi pesar.
Te conozco más desde que te fuiste. Te conozco más y me decepcionas. Me enfureces. Te odio. Luego te admiro. Luego lo olvido y me pierdo en lo que no será, puras conjeturas: si hubiéramos, si fueras, si tuviera…
Y si tuviera que bajar a los infiernos y padecer por el dolor de los condenados, te escogería de compañía. A ti Beatriz, a ti. Porque el sufrimiento a tu lado es la vida. Porque tú no sufrirás jamás por mí.
Y cuando el viento ardiente esparza sobre la insensible e infértil tierra los restos de tu terrenal hogar, espero que tu mirada orgullosa nos destruya como quien dice: valió la pena.
Eres la medida. Eres mi umbral del dolor. Después de ti soy invencible. Porque nada duele más que tú. Y sigo vivo. Porque nada sana como tú. Porque ahora nada me dañará. Porque ahora nunca moriré. Pero lo que quiero es morir por ella; y el problema es que sin ti es imposible morir.

Puercos caníbales

Publicado: agosto 16, 2010 en Uncategorized

Cuando a Chancho Marranón ya se le estaba olvidando la desaparición de su hermano Cochi Marranón a la hora de la cena descubrió la absoluta verdad que cargan los refranes: “a cada puerco le llega su San Martín” . Y es que había algo en la cena, una sazón peculiar que le hizo pensar aterrorizado en su hermano. Y siguiendo con los refranes pensó: “puerco no come puerco” y la conciencia no lo dejaba cenar más. Pero también se dice, y con razón: “el hambre es canija” y a fin de cuentas Chancho recordó que el refrán en realidad reza: “perro no come perro” y no tiene nada que ver con los puercos. Así que se hizo otro taco de carnitas, le puso limón y salsa verde y se lo bajó con un buen trago de cerveza fría.

Mientras te espero

Publicado: agosto 10, 2010 en Uncategorized

A la musa por quién y para quién escribo

Los confines del universo se me han reducido a un pequeño departamento al sur de la ciudad. Un montón de libros releídos hasta el hartazgo expanden sus límites un poco, un rato. La televisión encendida todo el tiempo para no olvidar cómo suena una conversación. Puccini, Chopin, Schubert, Bruch, Reznor, Waters, Yorke, Gore… qué más da. La guitarra aguarda en silencio el momento de despertar. Una página en blanco me espera y el cursor parpadea en un guiño que más que una invitación me parece una mueca burlona. El reloj continúa penosamente su marcha sin fin, arrastrando con pereza sus manecillas hacia un nuevo momento. Pienso cuánto más debo esperar. Un par de minutos. Un par de años. Mi paciencia se agota con el café, ya frío. Acaricio las teclas del piano, mi dedos torpes lo lastiman y emite una queja lastimera y triste. Enojado dejo caer mi mano izquierda sobre él. Furioso a su vez responde con una voz grave y pesada. La guitarra no se atreve a mirarme, temerosa tal vez de un maltrato similar. O quizá está decepcionada de mí y prefiere ignorarme. Espero ansioso la luz del amanecer para caer derrotado y dormir, pero aún no es tiempo. Una sensación cálida pero incómoda se va haciendo presente y subre desde mi vientre y me invade por completo. Enciendo un cigarro tratando de ahogarla con el humo del tabaco barato. La falta de sueño me tiene vuelto un despojo. Temo mirarme al espejo.
Hay una sensación en mi mente, una molestia que no acaba por convertirse en dolor. La busco para mirarla de frente e identificarla pero se esconde tras otros pensamientos, unos más claros que otros. La persigo por los laberintos confusos de ideas a medias y retazos de cuentos. La busco entre acordes de piano y voces que no son la mía. Al fin la encuentro tras una plegaría olvidada, junto a la creatividad pálida que recupera algo de su color al verse frente a mí. Me acerco lentamente a esa molestia, ese pesar y la voy reconociendo al acercarme. Pero esa angustia de saberse solo se va convirtiendo en algo nuevo mientras la miro.
Me vuelvo a la página en blanco y con la mente clara comienzo a escribir:
“Los confines del universo se me han reducido a un pequeño departamento al sur de la ciudad…”

Lugares

Publicado: agosto 10, 2010 en Cuento, microrrelato

Su lugar estaba junto al de ella aunque rara vez se encontraban. Cuando él llegaba ella siempre ya se había marchado. Y así había sido siempre salvo por breves encuentros. Él siempre llegaba tarde. Llegó tarde a ella. Llegó tarde a su propia vida. Hoy él ha llegado y no la encuentra. Pero no ha ido a buscarla, así que poco importa. Simplemente fue a su lugar, que estaba al lado del de ella. Una triste coincidencia pues la recuerda cada vez que se refugia del frío en el calor de un café negro.
Esta noche, ha llovido. El cielo está completamente cubierto y no hay estrellas a la vista. Recuerda lo que le dijo en una noche estrellada durante una de sus cortas noches compartidas: “Te encontraría entre un millón de estrellas”. Y es cierto todavía. Solo depende de que ella quiera ser encontrada.