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Cuando la bella durmiente despertó se dio cuenta de que no despertó por el beso de un principe sino por el pinchazo envenenado que recibió de él mismo y no de la bruja como popularmente se ha venido diciendo para salvar el honor de los principes, de cuyo prestigio depende en buena medida la estabilidad de todo reino. Decía pues que la bella durmiente despertó y cuando el sopor y el aletargamiento de un sueño plácido pero irreal y suspendido fragilmente en una burbuja rosa terminó, ella notó que el sapo seguiría siendo un sapo, en el mejor de los casos, y que el sueño profundo producto de besarlo era un montaje barato, casi como un teatro de marionetas cuyos hilos eran halados por quién sabe qué maligna mano. La bella siempre sospechó algo de la falsedad de la escenografía pintada con acuarela pero la fantasía era grata y cómoda. Sin embargo como sucede en este tipo de cuentos la historia debe girar hacia un desenlace más positivo que la ilusión de estar viviendo “feliz por siempre” así que a diferencia de otros cuentos más convencionales el pinchazo envenenado le trajo a la bella vida y consciencia a diferencia del beso del sapo que fue como una droga placentera pero de corta duración y de desagradables secuelas. Esto se debe quizás a que no fue “un beso de amor verdadero” pero la verdad ¿quién entiende de sapos y sus besos, de sus razones y sentimientos? El asunto es que bella pudo al fin andar de nuevo por el bosque, no tan colorido como el del sueño pero con un ároma a madera y a tierra mojada que le fascinaba. Podía volver a reir de verdad y llorar con el alma. Podía soñar que soñaba y decir esto es sueño, esto no lo es. Y cantar, cantar gozar con el canto del juglar y sus historias fantásticas de dragones y de bestias, de guerras y batallas, de los reinos perdidos para siempre, de los amantes separados reunidos después de la muerte. Y quizás hasta puede ser que un día escuche su propia historia, que es ésta, cantada por el juglar. Y quizás hasta se enamore de él, ni principe ni sapo, caballero o bandido y sin ningún hechizo más que el de su propia voz.

Él recorrió el silencio de su enorme casona abandonada y fría como él. Miró la nota arrugada que ella le dejó y que decía: “me voy porque es tiempo”. Sólido argumento. Nada más qué agregar.

Ella fue un relámpago: unos segundos de luz, luego el estruendo; y la tormenta incansable que siempre estuvo ahí.

Hoy la recuerda salir de la alcoba sigilosa y garabatear algo descuidadamente en un papel. Recuerda su turbación al notar que él la mira consternado. Ella le extiende la nota. Él no lee pues la leyó en sus ojos. Ella se marcha; el tiempo se detiene.

 

Era 1948 y yo tenía 35 años entonces. Recuerdo que las cosas con Socorro mi mujer no iban muy bien cuando conocí a Lucrecia. Lucrecia y yo nos conocimos en la fondita donde a veces comíamos los obreros de la fábrica de ladrillos de la calle 32. Desde ese día procuré comer diario en “Los girasoles” que así se llamaba el lugar aquel donde ella cocinaba. Con sus bellas formas, su excelente sazón y su suave trato nos traía atarantados a todos los del segundo turno. Sin embargo de alguna manera logré que esos ojos grandes se quedaran quietos en mí solamente. Pero bueno, es que no siempre he sido el viejo flaco y sin chiste que hoy tienen en frente. Por esos días yo no era de mal ver y además era yo enamoradizo y poeta. Al principio ella no me sabía casado. Para cuando lo supo estaba ya muy enamorada y lo aceptó. De mal modo pero lo aceptó.

Lucrecia tenía veintidós años. Era menudita pero tenía todo en su lugar. Sus labios eran tan finos que a uno le entraba luego la desconfianza de creerse las palabras que le salían. Como que era pura fantasía esa boca de niña. Su fragante cabello negro caía dulcemente por todo el largo de su espalda. Así de largo era su cabello. Los domingos para ir a misa usaba un vestido largo, blanco y una chalina negra sobre los hombros. Yo la esperaba al salir de la iglesia de San Agustín y pasábamos la tarde juntos en la pequeña habitación que ella tenía al final de un largo pasillo detrás de su cocina. Por la noche el olor a café con canela que ella me servía llenaba el cuarto con eso que ahora recuerdo como su amor. Nunca he podido evitar recordar su cálido aliento siempre que el café y la canela se mezclan y esparcen su aroma cerca de mí.

Serían alrededor de seis meses durante los cuales excusé como pude mis ausencias dominicales. Paulatinamente a Socorro le iba importando cada vez menos escucharme y a mí cada vez menos inventarle cuentos. Pero algo hay en la mente de las mujeres. Algo que  las hace poner el dedo en la llaga y sufrir y hacernos pensar que es por uno que sufren. Pero me doy cuenta que era el orgullo lo que le dolía y que de haber podido Socorro se habría metido con el primer tipo que se le insinuara. Pero no pudo. O tal vez no quiso. Seguramente no quiso, pensándolo bien; era mucha mujer para ese tipo de bajeza.

La cosa fue que un día Mercedes, la esposa de Ramiro, le fue con el chisme a Socorro. Le paso santo y seña de Lucrecia y de mí. Le contó del cuartito al fondo del pasillo detrás de la cocina y del clavel perfumado con que yo la esperaba cada domingo al salir de misa. Al parecer a Socorro le disgustó mucho el asunto del clavel, quizá porque no había tenido un detalle similar para con ella en años. Y es que a veces el detalle más simple, el más austero es para ellas el más romántico. ¡Así de idealistas son! Hasta parecía que a Socorro ya se le había olvidado el día que dejé, para no volverlo a ver, el reloj suizo de bolsillo que había sido de mi padre, en la casa de empeño con el fin de comprarle el anillo de compromiso. ¿No había sido eso romanticismo suficiente para una vida? Pues no. Socorro solo podía pensar ahora en mi ataviado con mi viejo traje gris a rayas, la corbata de seda que ella misma me regaló, esperando a mi amante con un clavel blanco como su vestido de ir a escuchar misa. Eso se convirtió en un reproche de cada noche. Qué bueno que Socorro jamás descubrió lo del café con canela pues hasta de ese pequeño placer me habría privado en mi propia casa. Porque con ese aroma me curaba de la ausencia de Lucrecia durante la semana esperando sus labios compasivos y dispuestos. Ese café, además, mitigaba el cansancio después de diez horas en la fábrica y una más de caminata bajo el cielo frío de noviembre para volver a casa. El café de medianoche, un cigarrillo sin filtro y el periódico del día se volvieron pues el ritual indispensable para dormir.

Yo a Ramiro nunca le reproché su indiscreción. Porque fue por él que Mercedes su mujer se enteró de mi relación con Lucrecia. Ramiro y yo trabajábamos desde hacía diez años juntos en la fábrica. En las inevitables parrandas con los demás obreros me enteré de que él tenía su casa chica. Allá por el otro lado del riachuelo, por Analco, tenía a Mariana a quien se robó de diecisiete años y con quien tenía ya dos niñas. Pero ni sabiendo eso se me ocurrió desquitarme. Eso era cosa suya. Me dio risa, eso sí pensar en Mercedes que, ingenua, le metía a Socorro cosas en la cabeza de cómo una mujer buena no permite que se le salga el puerco del corral. Hasta donde entiendo de metáforas de mujeres en este caso el puerco era yo.

El asunto fue que a Socorro se le plantó bien adentro la idea de confrontar a la mujer que le quitó los domingos con su esposo. ¡Habrase visto! Nunca entendí de donde saco tamaña insensatez ni la finalidad del encuentro. Me lo hizo saber un viernes cuando yo recién llegaba de la fábrica. Después de oírla hice a un lado el diario que leía y solté una bocanada larga del humo de mi cigarro.

-Estás loca mujer- le dije. -¿Qué sacarías con eso? Déjate de cosas que estoy cansado para pleitos de lavadero a estas horas.

La pobre refunfuñó algo sobre el amor perdido y el respeto que aún le merecía por ser su esposa a los ojos de Dios. Arrojó el posillo donde había calentado el café y se fue directo a la cama sin desvestirse.

Al día siguiente al volver de la fábrica no la encontré en casa. Y no la encontraría otra vez ni ahí ni en ningún otro lado. Supe por ahí, unos meses después, que el lunes siguiente se marchó con unos parientes de la capital. Muchos años más tarde alguien me contó que murió en el Hospital Español de una complicación en los riñones.

Pero resulta que entre que se fue de mi casa y se iba de la ciudad, Socorro fue a misa el domingo. Ella, al igual que yo, llevaba años de no pisar una iglesia. Pues bien, ese día entró a escuchar misa en San Agustín y tras que el padre excusará a todos en latín, como era la costumbre, ella se levantó señalando a Lucrecia para acusarla de adúltera. Socorro nunca la había visto pero la identificó por el vestido blanco y por una discreta mirada de Mercedes que la acompañó ese día para presenciar el drama en primera fila. Así fue que, en plena casa de Dios se desató el escándalo. Socorro la llamó una cualquiera, una puerca, le escupió en el rostro y la maldijo por destruir su matrimonio.

Yo, que esperaba afuera de la iglesia, no supe nada de esto hasta que Ramiro me lo contó unos días después. Yo solo recuerdo verla, a Lucrecia, salir llorando inconteniblemente y corriendo cual si el mismo demonio la persiguiera. Sin entender, salí corriendo tras ella pero no la alcancé. Se encerró en su cocina que nunca se volvió a abrir. Socorro lloró su pena un poco de tiempo más al abrigo hipócrita de los ahí presentes. Es por eso que no la vi ni supe lo que había pasado.

Durante la semana siguiente la gente comentaba sobre “Los Girasoles” que permanecía cerrada y los rumores eran que Lucrecia se había vuelto para Oaxaca, su tierra natal al no soportar la humillación sufrida ante vecinos y amigos. Pero lo cierto es que nadie la vio partir y de hecho nadie la volvería a ver jamás. No hace falta decir que yo también resentí la reprobación silenciosa, cuando no el abierto desprecio de quienes supieron esta historia. Estaba avergonzado, pero sobretodo abatido por mi pérdida y deshecho por la ausencia de mi Lucrecia. No probé alimento en casi una semana. Creo que de esos días me viene lo flaco que ahora estoy.

Y así lenta y penosamente se fueron tres o cuatro meses. Hoy la memoria no me ayuda tanto en los detalles. Sin embargo aún siento al recordarlo ese sudor frío, el sabor amargo en la boca y la esencia misma del miedo recorriéndome la boca del estómago. Sucedió que un día en la fábrica hubo un pequeño incendio. Como personal de mantenimiento tuve que quedarme hasta que se solucionó todo, ya bien entrada la noche. Sería alrededor de la una de la madrugada cuando ya me encaminaba a casa. No había luna esa noche pero pude ver todo claramente. Después de dos cuadras de andar encendí unos de mis Príncipe que siempre me hacían más ligera la caminata. A unos cien metros, en la esquina de Revolución y Lafragua, miré a una mujer delgada con un vestido largo y blanco parada de espaldas a mí. Inerte ante el frío permanecía inmóvil inexplicablemente bajo la luz de un farol en forma de dragón.

“¿Tanto me quiere que ha vuelto por mí?” pensé. “Tan así me ama que me espera a estas horas de la noche, a salvo de las habladurías de la gente?”

-¡Lucrecia!- grité, pero la mujer comenzó a alejarse de mí.

-¡Lucrecia, espera!- insistí pero no hubo respuesta y aceleré el paso para llegar a su lado. La seguí por todo el barrio de Santiago. No lograba darle alcance y siempre me guardaba al menos media cuadra de distancia. Me llevaba rumbo a la hacienda de Mayorazgo. Y habrán de saber que entonces había un jagüey inmenso y hondo por esos lados, cerca del río. La calle se nos había terminado hacía un rato pero ella continuaba por el sendero húmedo y lodoso del cenagal.

-¡Lucrecia!- continúe gritando pero ella seguía desplazándose hacia el jagüey. Yo aún pensaba que quizá no me escuchaba y comencé a correr más rápido para evitar que cayera al jagüey si es que no lo había visto. Me detuve instintivamente a medio metro del jagüey y solo me di cuenta de que estaba al borde del mismo porque una piedra que chocó contra mi zapato cayó dentro y salpicó mi pantalón. Al recuperar el equilibrio alcé la cabeza para buscarla ella continuaba desplazándose… ¿sobre el agua? Cerré los ojos para pensar. No sirvió de mucho era inexplicable, ¿acaso flotaba sobre el agua del estanque oscuro? Al abrir los ojos de nuevo la imagen no estaba ahí. De inmediato comencé a escuchar un lamento desolador que fue tornándose cada vez más insoportable hasta volverse un alarido infernal. Agucé el oído para encontrar la fuente de aquel sonido perturbador pero me di cuenta de que venía más bien como de adentro de mi cabeza. Sin otra cosa que se me ocurriera solo eché a correr rumbo a casa. Tembloroso en mi sillón encendí un cigarro, abracé mis rodillas y me quedé, sin dormir, a escuchar ese llanto. El llanto de Lucrecia en ese domingo trágico afuera de la iglesia vuelto chillido diabólico. La vigilia se prolongó durante casi dos semanas. El peculiar llanto se fue solo meses después de que me salí de la fábrica y me vine a vivir a León. Sólo acá me estuve sosiego pues acá no saben nada de Socorro, de Lucrecia, ni de figuras espectrales flotando en los estanques. Algunos pocos a quienes he referido esta historia me aseguran, tras santiguarse, que me encontré ni más ni menos con la llorona, que gusta de atraer a los mujeriegos a los ríos y lagunas para ahogarlos. Eso dicen.

Pero no, yo estoy seguro que ésa era Lucrecia. Lucrecia llamándome a compartir con ella la eternidad en los abismos, y yo que cobardemente me quedé acá entre los vivos para poder seguir platicándoles estas historias.

 

      

 

 

 

 

Y la bella confidente, a quien el decir popular señala como mi Dulcinea, no quiso oír ya las quejas del corazón doliente de su poeta…
Juan José Arreola

Son diez largos años ya los que he pasado aquí. Poco ha cambiado. Las tardes aún tienen ese aroma que tiene un dejo amargo, un sabor a la más pura melancolía. Hace diez años estaba lleno de anhelos, hoy estoy lleno de añoranzas. En verdad poco ha cambiado. Ya no acostumbro dar esas largas caminatas que apaciguaban el dolor con cada paso, con cada bocanada y con cada ojeada al porvenir. Hoy prefiero oler la tarde mojada desde mi ventana mirando las colinas incendiarse y recordar con nostalgia lo que antes quise, luego tuve y ahora evoco. La vida es muy similar a la de entonces, aunque parezca tan distinta. Estaba sólo entonces, no tengo a nadie ahora. Lo que pasó en el medio de este tiempo es el punto a donde viajaban mis sueños ayer, mis memorias hoy.
No sin desprecio miro adelante y la densa niebla de lo desconocido me desalienta. Como la mayoría de los hombres, no temo a la muerte, sino a no saber cuándo la miraré a los ojos. Intento volver sobre mis pasos y hallar los signos que me definieron, que me caracterizaron y trazaron mi silueta, delineando mi personalidad. Es inútil.
Mentiría si dijera que no hay espíritus que me acompañan en las húmedas e insoportablemente calurosas noches de verano, en las que la única constante es el insomnio. Almas ilustres que recorrieron mil veces el mismo sendero que yo, caminan a mi lado. No es que no conozcan el camino de memoria, o que ignoren el oscuro mar de hipocondría en el que desemboca este río de indiferencia. Simplemente no quieren arruinar el viaje describiéndome el destino final. O acaso disfrutan recorrerlo cada vez sin importar la identidad del incauto que sin más los sigue, alentado por la inmortalidad de sus maestros, anhelando un día ser seguido por otro ingenuo soñador amante de las letras.
Incauto. Eso es lo que soy. Quise entregarme al arte y nada me detuvo hasta envolverme en la gruesa cortina de un telón, roja y brillante como la sangre fresca. El terciopelo era cálido ¡y tan grueso! Más que un suave refugio se volvió impenetrable muralla, agradable escondite contra lo vano y superfluo, morada de los más excelsos sentimientos, los más elevados pensamientos. Inútiles ambos, ya que carecían de un cauce que no fuera tu voz, tu aprobación.
Fui incauto porque no preví el costo de grabar mis iniciales en las paredes del templo de mármol, en la ciudad imperecedera del tiempo. Sacrifiqué sentir el calor abrasante del fuego por conocer la mejor manera de describir sus danzantes llamas. Agudicé mis sentidos a costa perder la capacidad de sentir con el corazón. Me volví hipersensitivo. Me volví insensible. Insensato… lo he sido siempre.
Y ahora recuerdo tantas palabras vueltas poesía, unas escritas, otras vibrando en el aire buscando llegar a ti. Tantos signos transformaron los blancos lienzos en tenues melodías. Imágenes en blanco, negro y rojo todas ellas. La depresión que aún no tenía motivo de ser se había vuelto ya el sitio común donde mis ideas se materializaban, y se volvían audibles. Cada elemento de mis obras, que sin el menor asomo de humildad llamé de arte, tenía su razón de ser en ti… su existencia dependía de encontrar en tu corazón su destino final.
Hoy flotan en el limbo, sin control ni rumbo, cientos de bocetos mutilados, sinfonías inconclusas, palabras silentes pero con un eco que resuena, como si hubieran sido enunciadas una vez y ahora solo persistieran huérfanas, ignorantes de su origen…
Palabras de rimbombante sonoridad bailan una alucinante danza, tan vertiginosa como carente de sentido. Y es aquí donde se comprueba. La pintura, la música, las letras… no tienen razón de ser. Existen en la medida que alcanzan a vibrar en los sentidos de alguien más (tú) y ahora al resonar solo en algún oscuro rincón de mi alma aturdida y confundida, parecen jamás haber sido soñadas al menos.
Diez largos años. Interminables horas lejos de los demás, cerca de tu corazón ardiente que por amarme era distinto a todos.

 

Pues ahí nos tienes, el chaparro, nuestro primo Carlos y yo cerveceando en el balcón de la casa de la tía Martha. Solo disfrutando de la brisa de la tarde y de una buena cerveza y cigarros. Braulio pasó por la acera de enfrente y lo convencimos de subir. Y así estuvimos hasta que nos corrieron. La tía Martha, mamá de Carlos, llegó y nos regañó como si tuviéramos 5 años. Ni modo a buscar refugio para seguir pisteando. Nos trepamos a una camioneta y al ritmo de unas cumbias norteñas nos fuimos a dar vueltas y vueltas. Carlos, que tiene 18 años, estaba contándonos sus experiencias con cocaína.
-Sí cabrón se siente bien pocamadre, sobretodo si es de noche. Como que te activa el nightshot. Se ve todo bien clarito aunque esté oscuro.
Yo, que estaba sacando una bocanada de humo de mis cigarros sin filtro, casi me ahogo por la risa.
Después de un rato, alguien sugirió que fuéramos a la plaza del pueblo y ahí nos plantáramos a seguir bebiendo sin el menor asomo de pudor.
El chaparro contestó:
-¿Cómo crees cabrón? No inventes.
-¿Qué tiene? Más quemados no podemos estar en el pueblo. El veinticinco de diciembre nos amaneció tirados junto al nacimiento que ponen frente a la iglesia – replicó Carlos
Mientras decidíamos esto nos dimos cuenta de que era hora de dejar la camioneta en la pensión a expensas de que se quedaría fuera si no lo hacíamos. Así que fuimos y le dimos una cerveza al anciano que nos abrió el portón y que se llama Don Felipe. En agradecimiento nos dio la llave para que saliéramos a la hora que quisiéramos.

Es increíble la cantidad de cerveza que cabe en esa camioneta. Pero lo es más la cantidad que nos cabía a nosotros. De la nada y como siempre que andábamos en esa camioneta la providencia nos proveía de los implementos necesarios para la parranda. Después de haber escuchado unas cincuenta veces el disco de cumbias, el chaparro sacó una guitarra. Desafinada y sin la primera cuerda, aún así convencimos a Carlos de tocar alguna canción de tiempos de nuestros padres. Cantó algo de Camilo Sesto y de Leonardo Favio, pero eran tales sus bramidos que no tardó en aparecer una anciana -hermana de Felipe el señor que nos abrió el portón- y nos preguntó si ya le habíamos pedido permiso a su mamá para estar ahí.
-¿A su mamá?- pensé sobresaltado, -¿esa señora tiene mamá?
Total que nos corrieron de nuevo y ahí vamos a recorrer las calles vacías, a pié ahora. Después fue como si todos tuviéramos la misma idea simultáneamente: ¡Los tacos del morongas! Refugio ideal de borrachos, el lugar estaba abierto hasta el amanecer y se podía consumir cualquier cantidad de licor o cerveza siempre y cuando te comieras al menos un taco.
Alrededor de las cuatro treinta de la mañana estábamos frente a nuestra respectiva cerveza en envase de un litro y cuarto y un plato de tacos. Veíamos con risitas ahogadas a Braulio comerse su taco así en slow motion con los ojos casi completamente cerrados y sin soltar la cerveza en su mano izquierda. Como los bebés cuando se están quedando dormidos en su sillita frente a la papilla. Sí, parecía un bebé súper desarrollado… y ebrio.
Caminamos juntos al salir de los tacos para dejar a Braulio y a Carlos en sus casas, asegurarnos de que entraran y escaparnos antes de que salieran sus padres.
Al salir de los tacos, y durante todo el trayecto una lluvia ligera pero persistente nos asedió dejándonos ensopados en las primeras dos calles. Yo sentí feo de ver a Braulio temblando como poseído con los ojos apenas abiertos y frotándose las manos. Le pasé mi chamarra sobre los hombros pero él metió los brazos en las mangas e incluso la abotonó. De regreso, el chaparro y yo caminamos tranquilamente alrededor de veinte minutos hasta llegar a casa. Yo, aún con un cigarro en la boca, empecé a meter las manos en los bolsillos de mi pantalón hurgando desesperadamente. El chaparro me miraba con curiosidad y después con buen humor anticipándose a lo que pasaría. Llegó a mi mente la imagen de Braulio con mi chamarra y mis llaves de la casa bien guardadas en el bolsillo derecho.
-¡Carajo, las llaves se me quedaron en la chamarra que le presté al wey ese!
-Eres bien pendejo -dijo el chaparro riendo.
Resignados nos sentamos en la acera afuera de mi casa. Le ofrecí un cigarro al chaparro. Lo declinó con un movimiento de la cabeza. Consulté el reloj. Veinte minutos antes de las seis de la mañana. En poco más de media hora mi padre abriría la tienda de productos agrícolas y saldría a barrer el lugar que nos servía de asiento ahora. Así se perdió la oportunidad de deslizarnos a hurtadillas a nuestras camitas y nos quedamos ahí esperando a mi padre con su inevitable sermón matutino y las burlas de mis hermanas.

 

Ocho esqueletos en mi armario

Escribir sobre ti me hace pensar que todos escribimos sobre ti.

Ojalá me odiaras

Ojalá yo te odiara

Bueno, quizás sí te odio un poco

Las niñas se recluyen y su reclusión es mi canto

Canto que de tanto en tanto, y a pesar del llanto…

-¿Qué pasó con esos tipos?

-Pues ya ves, nunca llegan.

-¡Carajo!

-¿Y qué quieres que haga?

-Nada, creo.

Escribir sobre ti para no olvidarte

El vino tinto no sabe igual si no lo bebo de ti.

¡Ni qué decir de la pasita!

Escribir sobre ti es difícil

Pero alguien tiene que hacerlo

Clichés. Estamos llenos de ellos.

Y sin embargo aquí me tienes

Sentado frente a una hoja de papel en blanco,

Whisky mediante,

Garabateando unos versos

Escribir sobre ti es difícil.

Escribir por ti es lo que hago.

Ella deseaba ponerlo en papel. Deseaba expresarlo con palabras. Quería transformar las sensaciones que electrificaban su piel en arbitrarios signos de un arbitrario lenguaje. Sabía que sería todo un reto; no es fácil atrapar ese cosquilleo que sentía en las piernas, el calor intenso en su pecho y describirlo con las mismas letras de un idioma que usaba a diario al saludar a la gente, al tomar un taxi o al comer en un restaurante en San Juan. Le parecía que perdía todo su valor, toda la emoción al pensarlo siquiera. Porque nuestro pensamiento se rige por palabras, signos y símbolos. Asociaciones de ideas ligadas a sonidos o a manchas en un papel que para alguien más del otro lado del mundo puede no significar nada en absoluto. Y por pura casualidad el conjunto de normas que reglamentaban el pensamiento de esta bella poetisa pertenecían al idioma que llaman español.
Al final, sus ganas de compartir la sensualidad de que era presa fueron más fuertes y se decidió a exaltar el significado del deseo que sentía poniéndolo en palabras. Palabras del español, pues era su lengua, pero sin un asomo de cotidianeidad en lo absoluto. La experiencia que quería plasmar era común a toda la humanidad. Y al mismo tiempo única.
Así que tomó un trozo de papel y apoyada en su memoria relató vívidamente su entrega. Seducción se llamaría. A medida de que coloreaba las escenas con las palabras apretaba las piernas reviviendo el deseo con la sola imagen en su mente. Su mano delicada dibujaba suaves trazos en el papel, que sería pronto una hermosa poesía a través de la cual quien se topara con ella pudiese recordar a la mujer amada “navegando en su secreto, sembrándole de noche”. La pasión era algo casi tangible, casi podía verse fluyendo de su mano al papel. Pareciera un líquido rojo escarlata que se desliza como la sangre que acelera su paso al presentir pronto la culminación del deseo, encendiendo las mejillas, exaltando el carmesí de los labios. El papel estaba un poco arrugado ahora.
El poema tenía su propio ritmo, que se hacia agitado al tiempo que aumentaba la pasión de lo acontecido. Se agitaba y de ser posible se diría que parecía ejecutar los mismos movimientos acoplados que describía. Cómo no relacionarlo con los encuentros con mi propia amante, si el mismo poema tiene un fin igual a nuestros apasionados forcejeos en la habitación: un estallido de éxtasis seguido de la ternura.