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Cuando la bella durmiente despertó se dio cuenta de que no despertó por el beso de un principe sino por el pinchazo envenenado que recibió de él mismo y no de la bruja como popularmente se ha venido diciendo para salvar el honor de los principes, de cuyo prestigio depende en buena medida la estabilidad de todo reino. Decía pues que la bella durmiente despertó y cuando el sopor y el aletargamiento de un sueño plácido pero irreal y suspendido fragilmente en una burbuja rosa terminó, ella notó que el sapo seguiría siendo un sapo, en el mejor de los casos, y que el sueño profundo producto de besarlo era un montaje barato, casi como un teatro de marionetas cuyos hilos eran halados por quién sabe qué maligna mano. La bella siempre sospechó algo de la falsedad de la escenografía pintada con acuarela pero la fantasía era grata y cómoda. Sin embargo como sucede en este tipo de cuentos la historia debe girar hacia un desenlace más positivo que la ilusión de estar viviendo “feliz por siempre” así que a diferencia de otros cuentos más convencionales el pinchazo envenenado le trajo a la bella vida y consciencia a diferencia del beso del sapo que fue como una droga placentera pero de corta duración y de desagradables secuelas. Esto se debe quizás a que no fue “un beso de amor verdadero” pero la verdad ¿quién entiende de sapos y sus besos, de sus razones y sentimientos? El asunto es que bella pudo al fin andar de nuevo por el bosque, no tan colorido como el del sueño pero con un ároma a madera y a tierra mojada que le fascinaba. Podía volver a reir de verdad y llorar con el alma. Podía soñar que soñaba y decir esto es sueño, esto no lo es. Y cantar, cantar gozar con el canto del juglar y sus historias fantásticas de dragones y de bestias, de guerras y batallas, de los reinos perdidos para siempre, de los amantes separados reunidos después de la muerte. Y quizás hasta puede ser que un día escuche su propia historia, que es ésta, cantada por el juglar. Y quizás hasta se enamore de él, ni principe ni sapo, caballero o bandido y sin ningún hechizo más que el de su propia voz.

Él recorrió el silencio de su enorme casona abandonada y fría como él. Miró la nota arrugada que ella le dejó y que decía: “me voy porque es tiempo”. Sólido argumento. Nada más qué agregar.

Ella fue un relámpago: unos segundos de luz, luego el estruendo; y la tormenta incansable que siempre estuvo ahí.

Hoy la recuerda salir de la alcoba sigilosa y garabatear algo descuidadamente en un papel. Recuerda su turbación al notar que él la mira consternado. Ella le extiende la nota. Él no lee pues la leyó en sus ojos. Ella se marcha; el tiempo se detiene.

 

Era 1948 y yo tenía 35 años entonces. Recuerdo que las cosas con Socorro mi mujer no iban muy bien cuando conocí a Lucrecia. Lucrecia y yo nos conocimos en la fondita donde a veces comíamos los obreros de la fábrica de ladrillos de la calle 32. Desde ese día procuré comer diario en “Los girasoles” que así se llamaba el lugar aquel donde ella cocinaba. Con sus bellas formas, su excelente sazón y su suave trato nos traía atarantados a todos los del segundo turno. Sin embargo de alguna manera logré que esos ojos grandes se quedaran quietos en mí solamente. Pero bueno, es que no siempre he sido el viejo flaco y sin chiste que hoy tienen en frente. Por esos días yo no era de mal ver y además era yo enamoradizo y poeta. Al principio ella no me sabía casado. Para cuando lo supo estaba ya muy enamorada y lo aceptó. De mal modo pero lo aceptó.

Lucrecia tenía veintidós años. Era menudita pero tenía todo en su lugar. Sus labios eran tan finos que a uno le entraba luego la desconfianza de creerse las palabras que le salían. Como que era pura fantasía esa boca de niña. Su fragante cabello negro caía dulcemente por todo el largo de su espalda. Así de largo era su cabello. Los domingos para ir a misa usaba un vestido largo, blanco y una chalina negra sobre los hombros. Yo la esperaba al salir de la iglesia de San Agustín y pasábamos la tarde juntos en la pequeña habitación que ella tenía al final de un largo pasillo detrás de su cocina. Por la noche el olor a café con canela que ella me servía llenaba el cuarto con eso que ahora recuerdo como su amor. Nunca he podido evitar recordar su cálido aliento siempre que el café y la canela se mezclan y esparcen su aroma cerca de mí.

Serían alrededor de seis meses durante los cuales excusé como pude mis ausencias dominicales. Paulatinamente a Socorro le iba importando cada vez menos escucharme y a mí cada vez menos inventarle cuentos. Pero algo hay en la mente de las mujeres. Algo que  las hace poner el dedo en la llaga y sufrir y hacernos pensar que es por uno que sufren. Pero me doy cuenta que era el orgullo lo que le dolía y que de haber podido Socorro se habría metido con el primer tipo que se le insinuara. Pero no pudo. O tal vez no quiso. Seguramente no quiso, pensándolo bien; era mucha mujer para ese tipo de bajeza.

La cosa fue que un día Mercedes, la esposa de Ramiro, le fue con el chisme a Socorro. Le paso santo y seña de Lucrecia y de mí. Le contó del cuartito al fondo del pasillo detrás de la cocina y del clavel perfumado con que yo la esperaba cada domingo al salir de misa. Al parecer a Socorro le disgustó mucho el asunto del clavel, quizá porque no había tenido un detalle similar para con ella en años. Y es que a veces el detalle más simple, el más austero es para ellas el más romántico. ¡Así de idealistas son! Hasta parecía que a Socorro ya se le había olvidado el día que dejé, para no volverlo a ver, el reloj suizo de bolsillo que había sido de mi padre, en la casa de empeño con el fin de comprarle el anillo de compromiso. ¿No había sido eso romanticismo suficiente para una vida? Pues no. Socorro solo podía pensar ahora en mi ataviado con mi viejo traje gris a rayas, la corbata de seda que ella misma me regaló, esperando a mi amante con un clavel blanco como su vestido de ir a escuchar misa. Eso se convirtió en un reproche de cada noche. Qué bueno que Socorro jamás descubrió lo del café con canela pues hasta de ese pequeño placer me habría privado en mi propia casa. Porque con ese aroma me curaba de la ausencia de Lucrecia durante la semana esperando sus labios compasivos y dispuestos. Ese café, además, mitigaba el cansancio después de diez horas en la fábrica y una más de caminata bajo el cielo frío de noviembre para volver a casa. El café de medianoche, un cigarrillo sin filtro y el periódico del día se volvieron pues el ritual indispensable para dormir.

Yo a Ramiro nunca le reproché su indiscreción. Porque fue por él que Mercedes su mujer se enteró de mi relación con Lucrecia. Ramiro y yo trabajábamos desde hacía diez años juntos en la fábrica. En las inevitables parrandas con los demás obreros me enteré de que él tenía su casa chica. Allá por el otro lado del riachuelo, por Analco, tenía a Mariana a quien se robó de diecisiete años y con quien tenía ya dos niñas. Pero ni sabiendo eso se me ocurrió desquitarme. Eso era cosa suya. Me dio risa, eso sí pensar en Mercedes que, ingenua, le metía a Socorro cosas en la cabeza de cómo una mujer buena no permite que se le salga el puerco del corral. Hasta donde entiendo de metáforas de mujeres en este caso el puerco era yo.

El asunto fue que a Socorro se le plantó bien adentro la idea de confrontar a la mujer que le quitó los domingos con su esposo. ¡Habrase visto! Nunca entendí de donde saco tamaña insensatez ni la finalidad del encuentro. Me lo hizo saber un viernes cuando yo recién llegaba de la fábrica. Después de oírla hice a un lado el diario que leía y solté una bocanada larga del humo de mi cigarro.

-Estás loca mujer- le dije. -¿Qué sacarías con eso? Déjate de cosas que estoy cansado para pleitos de lavadero a estas horas.

La pobre refunfuñó algo sobre el amor perdido y el respeto que aún le merecía por ser su esposa a los ojos de Dios. Arrojó el posillo donde había calentado el café y se fue directo a la cama sin desvestirse.

Al día siguiente al volver de la fábrica no la encontré en casa. Y no la encontraría otra vez ni ahí ni en ningún otro lado. Supe por ahí, unos meses después, que el lunes siguiente se marchó con unos parientes de la capital. Muchos años más tarde alguien me contó que murió en el Hospital Español de una complicación en los riñones.

Pero resulta que entre que se fue de mi casa y se iba de la ciudad, Socorro fue a misa el domingo. Ella, al igual que yo, llevaba años de no pisar una iglesia. Pues bien, ese día entró a escuchar misa en San Agustín y tras que el padre excusará a todos en latín, como era la costumbre, ella se levantó señalando a Lucrecia para acusarla de adúltera. Socorro nunca la había visto pero la identificó por el vestido blanco y por una discreta mirada de Mercedes que la acompañó ese día para presenciar el drama en primera fila. Así fue que, en plena casa de Dios se desató el escándalo. Socorro la llamó una cualquiera, una puerca, le escupió en el rostro y la maldijo por destruir su matrimonio.

Yo, que esperaba afuera de la iglesia, no supe nada de esto hasta que Ramiro me lo contó unos días después. Yo solo recuerdo verla, a Lucrecia, salir llorando inconteniblemente y corriendo cual si el mismo demonio la persiguiera. Sin entender, salí corriendo tras ella pero no la alcancé. Se encerró en su cocina que nunca se volvió a abrir. Socorro lloró su pena un poco de tiempo más al abrigo hipócrita de los ahí presentes. Es por eso que no la vi ni supe lo que había pasado.

Durante la semana siguiente la gente comentaba sobre “Los Girasoles” que permanecía cerrada y los rumores eran que Lucrecia se había vuelto para Oaxaca, su tierra natal al no soportar la humillación sufrida ante vecinos y amigos. Pero lo cierto es que nadie la vio partir y de hecho nadie la volvería a ver jamás. No hace falta decir que yo también resentí la reprobación silenciosa, cuando no el abierto desprecio de quienes supieron esta historia. Estaba avergonzado, pero sobretodo abatido por mi pérdida y deshecho por la ausencia de mi Lucrecia. No probé alimento en casi una semana. Creo que de esos días me viene lo flaco que ahora estoy.

Y así lenta y penosamente se fueron tres o cuatro meses. Hoy la memoria no me ayuda tanto en los detalles. Sin embargo aún siento al recordarlo ese sudor frío, el sabor amargo en la boca y la esencia misma del miedo recorriéndome la boca del estómago. Sucedió que un día en la fábrica hubo un pequeño incendio. Como personal de mantenimiento tuve que quedarme hasta que se solucionó todo, ya bien entrada la noche. Sería alrededor de la una de la madrugada cuando ya me encaminaba a casa. No había luna esa noche pero pude ver todo claramente. Después de dos cuadras de andar encendí unos de mis Príncipe que siempre me hacían más ligera la caminata. A unos cien metros, en la esquina de Revolución y Lafragua, miré a una mujer delgada con un vestido largo y blanco parada de espaldas a mí. Inerte ante el frío permanecía inmóvil inexplicablemente bajo la luz de un farol en forma de dragón.

“¿Tanto me quiere que ha vuelto por mí?” pensé. “Tan así me ama que me espera a estas horas de la noche, a salvo de las habladurías de la gente?”

-¡Lucrecia!- grité, pero la mujer comenzó a alejarse de mí.

-¡Lucrecia, espera!- insistí pero no hubo respuesta y aceleré el paso para llegar a su lado. La seguí por todo el barrio de Santiago. No lograba darle alcance y siempre me guardaba al menos media cuadra de distancia. Me llevaba rumbo a la hacienda de Mayorazgo. Y habrán de saber que entonces había un jagüey inmenso y hondo por esos lados, cerca del río. La calle se nos había terminado hacía un rato pero ella continuaba por el sendero húmedo y lodoso del cenagal.

-¡Lucrecia!- continúe gritando pero ella seguía desplazándose hacia el jagüey. Yo aún pensaba que quizá no me escuchaba y comencé a correr más rápido para evitar que cayera al jagüey si es que no lo había visto. Me detuve instintivamente a medio metro del jagüey y solo me di cuenta de que estaba al borde del mismo porque una piedra que chocó contra mi zapato cayó dentro y salpicó mi pantalón. Al recuperar el equilibrio alcé la cabeza para buscarla ella continuaba desplazándose… ¿sobre el agua? Cerré los ojos para pensar. No sirvió de mucho era inexplicable, ¿acaso flotaba sobre el agua del estanque oscuro? Al abrir los ojos de nuevo la imagen no estaba ahí. De inmediato comencé a escuchar un lamento desolador que fue tornándose cada vez más insoportable hasta volverse un alarido infernal. Agucé el oído para encontrar la fuente de aquel sonido perturbador pero me di cuenta de que venía más bien como de adentro de mi cabeza. Sin otra cosa que se me ocurriera solo eché a correr rumbo a casa. Tembloroso en mi sillón encendí un cigarro, abracé mis rodillas y me quedé, sin dormir, a escuchar ese llanto. El llanto de Lucrecia en ese domingo trágico afuera de la iglesia vuelto chillido diabólico. La vigilia se prolongó durante casi dos semanas. El peculiar llanto se fue solo meses después de que me salí de la fábrica y me vine a vivir a León. Sólo acá me estuve sosiego pues acá no saben nada de Socorro, de Lucrecia, ni de figuras espectrales flotando en los estanques. Algunos pocos a quienes he referido esta historia me aseguran, tras santiguarse, que me encontré ni más ni menos con la llorona, que gusta de atraer a los mujeriegos a los ríos y lagunas para ahogarlos. Eso dicen.

Pero no, yo estoy seguro que ésa era Lucrecia. Lucrecia llamándome a compartir con ella la eternidad en los abismos, y yo que cobardemente me quedé acá entre los vivos para poder seguir platicándoles estas historias.

 

      

 

 

 

 

Y la bella confidente, a quien el decir popular señala como mi Dulcinea, no quiso oír ya las quejas del corazón doliente de su poeta…
Juan José Arreola

Son diez largos años ya los que he pasado aquí. Poco ha cambiado. Las tardes aún tienen ese aroma que tiene un dejo amargo, un sabor a la más pura melancolía. Hace diez años estaba lleno de anhelos, hoy estoy lleno de añoranzas. En verdad poco ha cambiado. Ya no acostumbro dar esas largas caminatas que apaciguaban el dolor con cada paso, con cada bocanada y con cada ojeada al porvenir. Hoy prefiero oler la tarde mojada desde mi ventana mirando las colinas incendiarse y recordar con nostalgia lo que antes quise, luego tuve y ahora evoco. La vida es muy similar a la de entonces, aunque parezca tan distinta. Estaba sólo entonces, no tengo a nadie ahora. Lo que pasó en el medio de este tiempo es el punto a donde viajaban mis sueños ayer, mis memorias hoy.
No sin desprecio miro adelante y la densa niebla de lo desconocido me desalienta. Como la mayoría de los hombres, no temo a la muerte, sino a no saber cuándo la miraré a los ojos. Intento volver sobre mis pasos y hallar los signos que me definieron, que me caracterizaron y trazaron mi silueta, delineando mi personalidad. Es inútil.
Mentiría si dijera que no hay espíritus que me acompañan en las húmedas e insoportablemente calurosas noches de verano, en las que la única constante es el insomnio. Almas ilustres que recorrieron mil veces el mismo sendero que yo, caminan a mi lado. No es que no conozcan el camino de memoria, o que ignoren el oscuro mar de hipocondría en el que desemboca este río de indiferencia. Simplemente no quieren arruinar el viaje describiéndome el destino final. O acaso disfrutan recorrerlo cada vez sin importar la identidad del incauto que sin más los sigue, alentado por la inmortalidad de sus maestros, anhelando un día ser seguido por otro ingenuo soñador amante de las letras.
Incauto. Eso es lo que soy. Quise entregarme al arte y nada me detuvo hasta envolverme en la gruesa cortina de un telón, roja y brillante como la sangre fresca. El terciopelo era cálido ¡y tan grueso! Más que un suave refugio se volvió impenetrable muralla, agradable escondite contra lo vano y superfluo, morada de los más excelsos sentimientos, los más elevados pensamientos. Inútiles ambos, ya que carecían de un cauce que no fuera tu voz, tu aprobación.
Fui incauto porque no preví el costo de grabar mis iniciales en las paredes del templo de mármol, en la ciudad imperecedera del tiempo. Sacrifiqué sentir el calor abrasante del fuego por conocer la mejor manera de describir sus danzantes llamas. Agudicé mis sentidos a costa perder la capacidad de sentir con el corazón. Me volví hipersensitivo. Me volví insensible. Insensato… lo he sido siempre.
Y ahora recuerdo tantas palabras vueltas poesía, unas escritas, otras vibrando en el aire buscando llegar a ti. Tantos signos transformaron los blancos lienzos en tenues melodías. Imágenes en blanco, negro y rojo todas ellas. La depresión que aún no tenía motivo de ser se había vuelto ya el sitio común donde mis ideas se materializaban, y se volvían audibles. Cada elemento de mis obras, que sin el menor asomo de humildad llamé de arte, tenía su razón de ser en ti… su existencia dependía de encontrar en tu corazón su destino final.
Hoy flotan en el limbo, sin control ni rumbo, cientos de bocetos mutilados, sinfonías inconclusas, palabras silentes pero con un eco que resuena, como si hubieran sido enunciadas una vez y ahora solo persistieran huérfanas, ignorantes de su origen…
Palabras de rimbombante sonoridad bailan una alucinante danza, tan vertiginosa como carente de sentido. Y es aquí donde se comprueba. La pintura, la música, las letras… no tienen razón de ser. Existen en la medida que alcanzan a vibrar en los sentidos de alguien más (tú) y ahora al resonar solo en algún oscuro rincón de mi alma aturdida y confundida, parecen jamás haber sido soñadas al menos.
Diez largos años. Interminables horas lejos de los demás, cerca de tu corazón ardiente que por amarme era distinto a todos.

 

Pues ahí nos tienes, el chaparro, nuestro primo Carlos y yo cerveceando en el balcón de la casa de la tía Martha. Solo disfrutando de la brisa de la tarde y de una buena cerveza y cigarros. Braulio pasó por la acera de enfrente y lo convencimos de subir. Y así estuvimos hasta que nos corrieron. La tía Martha, mamá de Carlos, llegó y nos regañó como si tuviéramos 5 años. Ni modo a buscar refugio para seguir pisteando. Nos trepamos a una camioneta y al ritmo de unas cumbias norteñas nos fuimos a dar vueltas y vueltas. Carlos, que tiene 18 años, estaba contándonos sus experiencias con cocaína.
-Sí cabrón se siente bien pocamadre, sobretodo si es de noche. Como que te activa el nightshot. Se ve todo bien clarito aunque esté oscuro.
Yo, que estaba sacando una bocanada de humo de mis cigarros sin filtro, casi me ahogo por la risa.
Después de un rato, alguien sugirió que fuéramos a la plaza del pueblo y ahí nos plantáramos a seguir bebiendo sin el menor asomo de pudor.
El chaparro contestó:
-¿Cómo crees cabrón? No inventes.
-¿Qué tiene? Más quemados no podemos estar en el pueblo. El veinticinco de diciembre nos amaneció tirados junto al nacimiento que ponen frente a la iglesia – replicó Carlos
Mientras decidíamos esto nos dimos cuenta de que era hora de dejar la camioneta en la pensión a expensas de que se quedaría fuera si no lo hacíamos. Así que fuimos y le dimos una cerveza al anciano que nos abrió el portón y que se llama Don Felipe. En agradecimiento nos dio la llave para que saliéramos a la hora que quisiéramos.

Es increíble la cantidad de cerveza que cabe en esa camioneta. Pero lo es más la cantidad que nos cabía a nosotros. De la nada y como siempre que andábamos en esa camioneta la providencia nos proveía de los implementos necesarios para la parranda. Después de haber escuchado unas cincuenta veces el disco de cumbias, el chaparro sacó una guitarra. Desafinada y sin la primera cuerda, aún así convencimos a Carlos de tocar alguna canción de tiempos de nuestros padres. Cantó algo de Camilo Sesto y de Leonardo Favio, pero eran tales sus bramidos que no tardó en aparecer una anciana -hermana de Felipe el señor que nos abrió el portón- y nos preguntó si ya le habíamos pedido permiso a su mamá para estar ahí.
-¿A su mamá?- pensé sobresaltado, -¿esa señora tiene mamá?
Total que nos corrieron de nuevo y ahí vamos a recorrer las calles vacías, a pié ahora. Después fue como si todos tuviéramos la misma idea simultáneamente: ¡Los tacos del morongas! Refugio ideal de borrachos, el lugar estaba abierto hasta el amanecer y se podía consumir cualquier cantidad de licor o cerveza siempre y cuando te comieras al menos un taco.
Alrededor de las cuatro treinta de la mañana estábamos frente a nuestra respectiva cerveza en envase de un litro y cuarto y un plato de tacos. Veíamos con risitas ahogadas a Braulio comerse su taco así en slow motion con los ojos casi completamente cerrados y sin soltar la cerveza en su mano izquierda. Como los bebés cuando se están quedando dormidos en su sillita frente a la papilla. Sí, parecía un bebé súper desarrollado… y ebrio.
Caminamos juntos al salir de los tacos para dejar a Braulio y a Carlos en sus casas, asegurarnos de que entraran y escaparnos antes de que salieran sus padres.
Al salir de los tacos, y durante todo el trayecto una lluvia ligera pero persistente nos asedió dejándonos ensopados en las primeras dos calles. Yo sentí feo de ver a Braulio temblando como poseído con los ojos apenas abiertos y frotándose las manos. Le pasé mi chamarra sobre los hombros pero él metió los brazos en las mangas e incluso la abotonó. De regreso, el chaparro y yo caminamos tranquilamente alrededor de veinte minutos hasta llegar a casa. Yo, aún con un cigarro en la boca, empecé a meter las manos en los bolsillos de mi pantalón hurgando desesperadamente. El chaparro me miraba con curiosidad y después con buen humor anticipándose a lo que pasaría. Llegó a mi mente la imagen de Braulio con mi chamarra y mis llaves de la casa bien guardadas en el bolsillo derecho.
-¡Carajo, las llaves se me quedaron en la chamarra que le presté al wey ese!
-Eres bien pendejo -dijo el chaparro riendo.
Resignados nos sentamos en la acera afuera de mi casa. Le ofrecí un cigarro al chaparro. Lo declinó con un movimiento de la cabeza. Consulté el reloj. Veinte minutos antes de las seis de la mañana. En poco más de media hora mi padre abriría la tienda de productos agrícolas y saldría a barrer el lugar que nos servía de asiento ahora. Así se perdió la oportunidad de deslizarnos a hurtadillas a nuestras camitas y nos quedamos ahí esperando a mi padre con su inevitable sermón matutino y las burlas de mis hermanas.

 

Ocho esqueletos en mi armario

Escribir sobre ti me hace pensar que todos escribimos sobre ti.

Ojalá me odiaras

Ojalá yo te odiara

Bueno, quizás sí te odio un poco

Las niñas se recluyen y su reclusión es mi canto

Canto que de tanto en tanto, y a pesar del llanto…

-¿Qué pasó con esos tipos?

-Pues ya ves, nunca llegan.

-¡Carajo!

-¿Y qué quieres que haga?

-Nada, creo.

Escribir sobre ti para no olvidarte

El vino tinto no sabe igual si no lo bebo de ti.

¡Ni qué decir de la pasita!

Escribir sobre ti es difícil

Pero alguien tiene que hacerlo

Clichés. Estamos llenos de ellos.

Y sin embargo aquí me tienes

Sentado frente a una hoja de papel en blanco,

Whisky mediante,

Garabateando unos versos

Escribir sobre ti es difícil.

Escribir por ti es lo que hago.

Ella deseaba ponerlo en papel. Deseaba expresarlo con palabras. Quería transformar las sensaciones que electrificaban su piel en arbitrarios signos de un arbitrario lenguaje. Sabía que sería todo un reto; no es fácil atrapar ese cosquilleo que sentía en las piernas, el calor intenso en su pecho y describirlo con las mismas letras de un idioma que usaba a diario al saludar a la gente, al tomar un taxi o al comer en un restaurante en San Juan. Le parecía que perdía todo su valor, toda la emoción al pensarlo siquiera. Porque nuestro pensamiento se rige por palabras, signos y símbolos. Asociaciones de ideas ligadas a sonidos o a manchas en un papel que para alguien más del otro lado del mundo puede no significar nada en absoluto. Y por pura casualidad el conjunto de normas que reglamentaban el pensamiento de esta bella poetisa pertenecían al idioma que llaman español.
Al final, sus ganas de compartir la sensualidad de que era presa fueron más fuertes y se decidió a exaltar el significado del deseo que sentía poniéndolo en palabras. Palabras del español, pues era su lengua, pero sin un asomo de cotidianeidad en lo absoluto. La experiencia que quería plasmar era común a toda la humanidad. Y al mismo tiempo única.
Así que tomó un trozo de papel y apoyada en su memoria relató vívidamente su entrega. Seducción se llamaría. A medida de que coloreaba las escenas con las palabras apretaba las piernas reviviendo el deseo con la sola imagen en su mente. Su mano delicada dibujaba suaves trazos en el papel, que sería pronto una hermosa poesía a través de la cual quien se topara con ella pudiese recordar a la mujer amada “navegando en su secreto, sembrándole de noche”. La pasión era algo casi tangible, casi podía verse fluyendo de su mano al papel. Pareciera un líquido rojo escarlata que se desliza como la sangre que acelera su paso al presentir pronto la culminación del deseo, encendiendo las mejillas, exaltando el carmesí de los labios. El papel estaba un poco arrugado ahora.
El poema tenía su propio ritmo, que se hacia agitado al tiempo que aumentaba la pasión de lo acontecido. Se agitaba y de ser posible se diría que parecía ejecutar los mismos movimientos acoplados que describía. Cómo no relacionarlo con los encuentros con mi propia amante, si el mismo poema tiene un fin igual a nuestros apasionados forcejeos en la habitación: un estallido de éxtasis seguido de la ternura.

Lo que más me molesta es no saber cuándo fallecí. Hace un tiempo estuve vivo, estoy casi seguro de ello. Ahora soy un espíritu, un fantasma o algún tipo de energía ectoplásmica. En realidad ni siquiera estoy seguro de lo que soy ahora. Lo que si sé es que nadie puede verme. Este fue uno de los primeros indicios de que algo extraño me había ocurrido. Cuando estaba entre los vivos, ¿hace cuánto habrá sido? no me distinguí por mi notoriedad entre la gente. Sin embargo un buen día – ¿buen día?- descubrí que había dejado de ser un cuerpo opaco y me había vuelto incapaz de reflejar la luz que viaja incesante iluminando los objetos y mostrándolos hermosos u horribles ante la mirada y el juicio de cada ojo espectador. Transparente, por así decirlo, o mejor: invisible me había tornado. Pensé sin embargo, que ser invisible no necesariamente significa estar muerto. Aún así me encontré desesperado al notar mis palabras inaudibles y mis acciones que parecían no tener repercusión alguna en el mundo físico. Eso, aunado al hecho de repetir incansablemente el mismo día, al de encontrarme recorriendo siempre la misma calle y dirigiéndome al mismo lugar me esclarecieron un poco mi situación sobrenatural.
Mis sentidos me engañaban algunas veces emulando en mi mente el olor amargo del licor, la pesadez de los párpados, el cansancio en los pies. Incluso algunas veces juraría que me sentía adormecido por el vino que todavía creía degustar. Con la curiosidad que siempre me caracterizó y posteriormente con un travieso sentido del morbo, me dediqué a observar a la gente. Los parroquianos en las tabernas representaban mi mayor fuente de distracción, pues pocas hay para los invisibles como yo. Sentado al final de la barra, les dirigía miradas atentas y ponía el mayor interés en sus mundanas conversaciones. Pero más hermoso aún era contemplar el semblante tranquilo y confidente de mi bien amada, mi Beatriz, mi Leonor, mi Helena. Es hermoso mirar a la persona amada sin que se percate de ello, verla actuar de modo natural, casi instintivo. Parecía no verse afectada por mi repentina desaparición, tanto que a ratos sospechaba sobre su participación en tan misterioso crimen. Porque estoy seguro que un crimen es lo que se esconde tras el enigma de mi situación actual.
Algunas veces en el gris transcurrir de los días me encontraba con un joven que no solo podía verme, sino que entablaba largas conversaciones conmigo. Este chico tenía un extraño toque que me era muy familiar, pero las telarañas del olvido me invadían completamente, así que me fue imposible atinar a quién pertenecía ese semblante distraído e introspectivo. Me miraba al hablar con ojos cuya expresión era tan ausente que parecía hablar consigo mismo. Algunas veces mirábamos juntos el paradero de autobuses, las oficinas de gobierno o la plaza repleta de gente ocupada en sus asuntos, ya corriendo para refugiarse de la lluvia, ya comprando algodón de azúcar. El chico hablaba del futuro como de un evento pasado. Eso me hizo pensar que muy probablemente me encontraba frente a un alma estancada como yo. Por mi parte, no dejaba de notar cierto aire de reproche en sus palabras. El único sentir que descubrí en aquella mirada lejana fue una especie de ira impotente encauzada toda hacia mi persona. Por alguna razón, este hombrecito descargaba su frustración en mí, cosa que yo atribuí al hecho de no haber nadie más por ahí con quien pudiéramos tener contacto. Sin embargo, conforme más nos conocíamos, o tal vez sería más exacto decir nos reconocíamos, sus reproches crecían en agresividad y violencia. ¡El iluso joven parecía convencido de que yo le asesiné! Tan ácidos se hacían sus comentarios que llegué a creer yo mismo en sus palabras y pasé noches enteras con el remordimiento de un homicidio carcomiendo lo poco que me quedaba de corazón. Y lo peor era la maldita amnesia que me imposibilitaba recordar la muerte de este muchacho, mi vida y mi propia muerte.
Pasado algún tiempo, imposible discernir cuánto, caminando un día por el viejo corredor de los tulipanes, me encontré con otro personaje que estaba consciente de mi existencia. Era un hombre maduro, con una pinta que me pareció en primera instancia de pintor. Su rostro denotaba cansancio, pero no el cansancio que deja la edad sino un cansancio mucho más abrumador y triste. El cansancio resultado de hacer lo mismo una y otra vez sin parar. Tal vez pintaba un retrato durante años para después destruirlo, montar un caballete con un nuevo lienzo blanco y comenzar de nuevo. Quizá buscaba la perfección de un rostro sabiendo que su obra jamás le satisfaría. No pude confirmar su identidad pero su mirar denotaba una facilidad tremenda de análisis. En cambio, su actitud era bastante inmadura, hasta pueril podría decirse. Hablaba de sus obras con grandilocuencia y erudición, pero con palabras cuyo significado parecía haber olvidado hace tiempo. Era su discurso un soliloquio aprendido de memoria y recitado sin inflexión alguna en su voz. Nunca confirmé si en realidad se trataba de un artista plástico, lo mismo podría haber sido un músico, o un dramaturgo. Se refería a todo su arte como “sus obras” y era materialmente imposible acceder a ellas, por eso sería difícil adivinar a qué arte se consagraba. Todo esto contrastaba con la frialdad del muchacho triste y rencoroso. El artista se ignoraba muerto, olvidado y desconocido mientras que aquel chico parecía ser quien mejor entendía nuestra situación. El artista conocía al muchacho y hasta me inquiría por él, a veces irónico, a veces sinceramente interesado.
Era obvio que ambos se conocían de tiempo, lo cual no me extrañó mucho siendo los únicos seres con quienes parecía compartir esa especie de limbo. Lo que si causó cierta extrañeza en mí fue el descubrir qué tanto me conocían ellos. Lo denotaban al mirarme de reojo mientras enunciaban frases con que definí momentos cruciales de mi paso por el mundo. No es necesario recalcar que también me parecía conocer de algún lado a ese viejo con facha de pintor.
Conforme pasaban incontables los días, fui recordando poco a poco en qué consistió mi vida. El interés en este par de personajes me ayudó a recordar un poco al tratar de averiguar por qué sabían tanto de mí. Además mientras más dirigía mi atención a observar a mi musa, más comunes se volvían los lapsos en que recodaba; algunas veces imágenes aisladas, la sensación de un beso, la estrechez de su cuerpo o la dulzura de su voz. Otras veces la furia en sus ojos con que me fulminaba por razones que aún no vuelven a mi memoria, o su voz quebrada al llorar mientras miraba incrédula como nos lastimábamos amándonos tanto.
Cada vez estaba más seguro de que todo eso tenía relación con mi muerte, desaparición, transmutación o lo que sea que me haya pasado. Como mencioné antes, a veces me traicionaba la sensación de seguir vivo y casi podía sentir escalofríos al recordar algo que mi corazón relacionaba directamente con el fin de mi vida. Sentía algo muy parecido a un fuerte dolor en la boca del estómago, un sudor frío por la espalda y un gusto amargo y bilioso en la boca. Y todo estaba inescrutablemente ligado a una noche, una reunión, unos tragos. ¡Maldición! ¿Qué había pasado?

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En cierta ocasión me encontraba escuchando las interminables exaltaciones del pintor hacia su propia obra, cuando súbitamente apareció el joven de la misteriosa mirada. Después de tanto tiempo era la primera vez que los veía juntos a pesar de las reiteradas alusiones de uno al otro. Esto me pareció todo un acontecimiento ¡y ni siquiera sabía lo que me esperaba por descubrir!
Como de costumbre mi compañero el artista nos llenó los oídos de autocomplacencias y como era de esperarse, dada la personalidad de nuestro joven interlocutor, las burlas y reproches no se hicieron esperar.
El joven se burlaba de la actitud del incomprendido hombre maduro a quien la crítica hería más que cualquier filosa espada. Al mismo tiempo me reprochaba como de costumbre su muerte y me culpaba de la situación actual de los tres, haciendo hincapié en el comportamiento ridículo de aquel viejo que solo vivía del recuerdo de sus inexistentes trabajos. Entonces comenzaba a entender. ¡Claro! Al escuchar todo su diálogo, la manera en que el uno atacaba y el otro se escondía, lo que yo pensaba contestar pero que no tenía que decir pues las acciones de ambos se adelantaban a mi voz… El pasado, el futuro, y yo. Era mi sola voz la que resonaba en ese momento. Después de todo por qué compartir el limbo con perfectos extraños.

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Esa fue la última vez que vi a mis dos camaradas. En el instante mismo en que todo se esclareció los vi desvanecerse frente a mis ojos. Pensé entonces que de un momento a otro aparecería un ángel mostrándome, lleno él de amor y armonía, el sendero que me llevaría al descanso eterno. Pero no. Nadie fue mi guía. Nunca apareció Beatriz, ni siquiera Virgilio. O Blake a quien yo hubiera escogido como guía en los avernos por ser mi favorito y por adecuarse un poco más a la época en la cual viví-morí.
Una noche que caminaba por la oscura calle de los ahuehuetes, todo se reveló. Como otras tantas veces caminaba de noche por esta calle. Había algo en el aire, algo en su olor, y temperatura que inevitablemente me llevaba por esta ruta. Cansado estaba después de tantos años de seguir observando a mi estrella brillar sin parar, acompañada ahora de un pequeño cometa quien hace su paso por el cielo más liviano y placentero. Había incluso olvidado la sensación de morir nuevamente cada vez que me acercaba a ella. Pero esa noche, después de mirar la calle vacía y la luz vacilante de la luna sobre el camino, llegó una imagen clara de todo. Recordé de pronto mi vida entera. Recordé su hermosa espalda que se arqueaba lentamente en mi lecho. Recordé mejor que nunca la tibieza de su pecho, la calidez de su aliento, el sudor de su piel. Los recuerdos antes vagos se presentaban ahora en una perfecta sucesión cronológica. El día que la conocí, el día que la besé, la lluvia, el frío, los viajes. Y todo derivó de una sola visión. El camino que siempre recorría me dejaba en su casa siempre. Pero jamás comprendí que en realidad ese no era el final del recorrido. No lo era y hasta esa noche, guiado solo por el aroma familiar de su piel seguí adelante para llegar a un pequeño paraje. Un tronco hacia las veces de banca donde sentados a la luz de la luna –la misma que esa noche me miraba impasible desde el oscuro cielo- le susurré al oído que la amaba.
Así fue pues como empecé a hilar de nuevo la historia de mi vida. Y más importante aún, a develar el misterio de mi muerte. Todo volvió a mi mente. Todos los recuerdos amargos, las discusiones, los llantos, la soledad, el miedo, la angustia. Cada vez me acercaba más al momento en que fallecí, cada vez más me daba cuenta por qué mi mente, siempre más fría que mi corazón, decidió olvidarlo todo. Recordé la fría noche de martes en que morí, frente a ella. Recordé sus armas asesinas, sus palabras: se acabó.

 

 

Aquí me tienen sentado a la barra enfrentándome al tercer o cuarto caballito de tequila. Añejo y sin refresco por supuesto. La música es terrible, las rancheras no son lo mío. Chente ya me tiene, como decimos por aquí, hasta la madre. Además el ambiente es deprimente: solo dos mesas ocupadas y yo mismo sentado solo a la barra. No hay más de diez personas bebiendo; es un lugar oscuro y un mal servicio. Una vez escuché que la arquitectura es como música congelada. Si hemos de creer en eso entonces este establecimiento es como una cumbia de Acapulco Tropical. Sí, es deprimente lo sé, pero es la mejor manera de describirlo. En verdad preferiría estar en casa y escuchar una orquesta vienesa tocar la consagración de la primavera de  Stravinsky  mientras bebo un poco de vodka y leo a Nabokov, a Dostoievski  o a Chékov aunque mi combinación no sea rigurosamente cronológica. Pero ¿cuál es la obsesión con Rusia? No sé, igual podría sentarme a leer a Baudelaire mientras escucho algo de Debussy y bebo un buen vino tinto. ¿Francia? ¿Por qué no España, o Alemania, o Italia o…?

Aquí me tienen sentado a la barra enfrentándome a mi tercer o cuarta Guinness en un pequeño pub en la calle Durham, cerca del cruce con Howard  en el corazón de Belfast. Como pretendiendo crear una atmósfera agradable para mi amigo Peter O’Brian, con quien comparto el trago, demuestro mi admiración por Wilde pero sobretodo por Joyce. Este sitio es lindo pues tocan una combinación de música celta y chillout. La cerveza ha comenzado por atenuar mi fluidez para hablar inglés, además de que encuentro cada vez más difícil codificar el pesado acento de mi interlocutor, quien por cierto no es un duende vestido de verde (en realidad viste de rojo). Sentada al final de la barra una hermosa pelirroja sonríe desde sus inquietantes ojos verdes mientras observa atenta mi comportamiento de aire latinoamericano. Su piel blanca y delicada, suave y perfumada es sencillamente una excitante visión que recordaré por mucho tiempo. Ahora la conversación con O’Brian ha dado de sí…empiezo a desear estar en casa escuchando al buen Dylan mientras leo una revista MAD como de los años setenta, viejísima, aventándome un Jack Daniel’s con hielo solamente. O mejor escucharía a Louis Armstrong mientras leo a Fitzgerald, acompañado de un whiskey (¿o whisky?) con soda… al asomarme por la ventana de este pequeño apartamento en New Jersey puedo ver claramente el skyline de Manhattan; una hermosa vista en verdad.

No es que no aprecie lo de mi tierra, pero es muy difícil conseguir música de nuestros grandes compositores (no hablo de Juan Gabriel ni de Marco Antonio Solís, lo lamento) Así que no hay de otra: Voy a leer a Arreola y voy a escuchar algo de ¿Agustín Lara? No, que hueva, en ese caso cri-cri es mucho más honesto y divertido. Pero la verdad es que no tengo nada de cri-cri entonces voy a escuchar al maestrazo Juan García Esquivel…

De pronto me doy cuenta de que estoy dejando que mi mate se enfríe por lo que me apresuro a beber mientras acaba “Mano a mano” de Gardel  y se deja de escuchar en el viejo tornamesa. El ruido de la aguja y la baja calidad del apreciado vinil no me impiden disfrutar cabalmente de su música mientras me doy cuenta palabra a palabra de que Cortazar de alguna manera se adelantó a lo que yo estaba por vivir. Pero sin duda Borges es mi favorito, aunque no me haya descrito en ninguna de sus obras.
Al volver al sofá después de subir el volumen al pasaje que incluye O’ fortunae de Carl Orff  pienso en lo difícil que me resulta ser un lobo estepario. Sí, algunos son hombre-pez, otros son hombre-tigre y yo, al igual que Harry Haller, soy un lobo estepario (¿existirá alguien que sea hombre-koala? ¿Por qué me persiguen pensamientos estúpidos como este?) Prefiero dejar la reflexión e imagino por un rato estar en el bosque que fuera escondite y refugio de Klingsor… Creo que ese sueño recurrente que tengo es causado por la descripción de ese lugar. Es raro… no recuerdo si comencé a soñarme en ese bosque boreal antes o después de leer ese libro. Pero, ¿dónde diantres dejé mi cerveza?

¿Cerveza? ¡Pero si he estado tomando tequila! Sí, tequila reposado y sin refresco por supuesto, aunque tal vez chupando de vez en vez el limón que está partido en un platito junto a un montoncito de sal. Justo aquí sentado a la barra, enfrentándome al quinto o sexto caballito y tomándolo de un golpe, porque si no me pone muy mal en poco tiempo. La música es terrible. Bah, ¿a quién engaño? He sido yo mismo quien metió una moneda de cinco pesos en la ranura de la rockola y escogí sin chistar un par de canciones del Chente: “Cambié mis canicas por copas de vino”  y “Clavé en la penca del maguey tu nombre”.  Ah, esto es vida. “De tu rancho a mi rancho, nomás los suspiros se oyen”, vocifera el tal Vicente. Simpático muchacho él.

 

 

 

-¿…y tu que le dijistes?
-Pos nada, que qué le importa…
-Ay m’ija… De por sí esa vieja es bien metiche. Siempre metida en lo que no le importa. Yo por eso ni la saludo porque… ¿y el chofer?
-No sé.
-Se bajó a hablarle por teléfono a su novia.
-¡Ora!… ya ni la friegan, nomás lo dejan a uno acá esperando.
-Ya ve que así son estos… ¿no la otra vez se bajo a comprarse su coca y sus papas?
-Cuando no traen a su chalán ahí trepado, traen a su vieja.
-Sí.
-El otro día venía un chofer ahí con la amante. Ahí venía la vieja y que se baja y al poco rato se sube su mujer. Luego luego se veía que la primera era la amante porque estaba bien chamaca. Se fue todo el camino y se bajo en la 43. Y la esposa que se sube en la 57 con dos niños… muy propia la señora se sentía más dueña, no que la chamaca babosa… ¿verdá m’ijita?
-Sí…
-Escuinclas zonzas. ¡No viera yo una de mis hijas ahí trepadota por que la bajo con el cable por mensa! Y al tipo le doy sus cachetadas también. Por eso yo ya sé lo dije a ésta: el día que te vea con un pendejo de esos me las vas a pagar. ¿Sí o no m’ija?
-(…)
-A mí se me quedo mucho eso del cable por que mi papá así nos hacía. Nos portábamos mal y nos daba con el cable hasta que se cansaba. Pero solo así nos enseño a ser gente de bien. Mire, nosotros somos siete hermanos, y gracias a que mi padre nos educó así no hay ni un borracho ni un drogadicto ni nada. Pero ahora salen con que los niños tienen derechos y que no sé qué, que no se puede pegarles por que nos pueden acusar. Por eso mire usté a las chamacas afuera de las escuelas fumando. Dieciséis o diecisiete años y ya andan tomando, gastándose el dinero que no tienen… y creen que se ven muy bonitas. Les hace daño.
-Ay señora… pos yo aquí me bajo. ¡Nos vemos!
-Ándele seño…
-Oye mamá ¿a poco si se bajó a hablarle a su novia?
-Pus no sé a quien le habló, pero mientras ya nos hizo llegar tarde…