Te amé desde el momento que te marchaste. Te amaré hasta que la realidad no sea más. Te he amado como todos, pero nadie te ha amado como yo. La premisa de que nunca estarás conmigo mantiene vivo mi sentir. Y mi pesar.
Te conozco más desde que te fuiste. Te conozco más y me decepcionas. Me enfureces. Te odio. Luego te admiro. Luego lo olvido y me pierdo en lo que no será, puras conjeturas: si hubiéramos, si fueras, si tuviera…
Y si tuviera que bajar a los infiernos y padecer por el dolor de los condenados, te escogería de compañía. A ti Beatriz, a ti. Porque el sufrimiento a tu lado es la vida. Porque tú no sufrirás jamás por mí.
Y cuando el viento ardiente esparza sobre la insensible e infértil tierra los restos de tu terrenal hogar, espero que tu mirada orgullosa nos destruya como quien dice: valió la pena.
Eres la medida. Eres mi umbral del dolor. Después de ti soy invencible. Porque nada duele más que tú. Y sigo vivo. Porque nada sana como tú. Porque ahora nada me dañará. Porque ahora nunca moriré. Pero lo que quiero es morir por ella; y el problema es que sin ti es imposible morir.
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