A la musa por quién y para quién escribo
Los confines del universo se me han reducido a un pequeño departamento al sur de la ciudad. Un montón de libros releídos hasta el hartazgo expanden sus límites un poco, un rato. La televisión encendida todo el tiempo para no olvidar cómo suena una conversación. Puccini, Chopin, Schubert, Bruch, Reznor, Waters, Yorke, Gore… qué más da. La guitarra aguarda en silencio despertar. Una página en blanco me espera y el cursor parpadea en un guiño que más que una invitación me parece una mueca burlona. El reloj continúa penosamente su marcha sin fin, arrastrando con pereza sus manecillas hacia un nuevo momento. Pienso cuánto más debo esperar. Un par de minutos. Un par de años. Mi paciencia se agota con el café, ya frío. Acaricio las teclas del piano, mi dedos torpes lo lastiman y emite una queja lastimera y triste. Enojado dejo caer mi mano izquierda sobre él. Furioso a su vez responde con una voz grave y pesada. La guitarra no se atreve a mirarme, temerosa tal vez de un maltrato similar. O quizá está decepcionada de mí y prefiere ignorarme. Espero ansioso la luz del amanecer para caer derrotado y dormir, pero aún no es tiempo. Una sensación cálida pero incómoda se va haciendo presente y subre desde mi vientre y me invade por completo. Enciendo un cigarro tratando de ahogarla con el humo del tabaco barato. La falta de sueño me tiene vuelto un despojo. Temo mirarme al espejo.
Hay una sensación en mi mente, una molestia que no acaba por convertirse en dolor. La busco para mirarla de frente e identificarla pero se esconde tras otros pensamientos, unos más claros que otros. La persigo por los laberintos confusos de ideas a medias y retazos de cuentos. La busco entre acordes de piano y voces que no son la mía. Al fin la encuentro tras una plegaría olvidada, junto a la creatividad pálida que recupera algo de su color al verse frente a mí. Me acerco lentamente a esa molestia, ese pesar y la voy reconociendo al acercarme. Pero esa angustia de saberse solo se va convirtiendo en algo nuevo mientras la miro.
Me vuelvo a la página en blanco y con la mente clara comienzo a escribir:
“Los confines del universo se me han reducido a un pequeño departamento al sur de la ciudad…”