Decir que la familia de Bernardo es una mafia es una completa exageración. No importa la manera en que se manejan los negocios, los favores recibidos, la estructuración familiar. Ni siquiera la manera en que murió su padre, aunque eso nos dio en qué pensar por un tiempo. Aun así es simplemente es exagerado pensar que sean una mafia.
El día en que la esposa de Bernardo me llamó a la oficina para avisarme sobre la muerte del padre de mi amigo, me excusé anteponiendo las obligaciones en el trabajo y comprometiéndome a acudir a dar mi pésame cuanto antes. Y así lo hice, solo que aún hoy me pregunto por qué no abandoné todo en ese momento para acompañar a mi amigo. Creo que no comprendí hasta bien entrada la noche, lo violento del suceso. En la madrugada de ese mismo día, al volver del aeropuerto después de un viaje de negocios su padre había sido tiroteado dentro de su camioneta. Junto a su cuerpo, sus pertenencias completas. Nadie tomó nada, ni siquiera la costosa computadora portátil que Bernardo le había regalado en la navidad pasada. Descartemos el robo. Las autoridades lo etiquetaron como un “ajuste de cuentas” término muy común hoy en los noticieros y que comprometía el buen nombre del padre de mi amigo; dejaba además ideas vagas sobre la captura o la investigación misma del crimen.
Fue curioso que decidieran no dar continuidad a la investigación que competía al ministerio público. Al inquirir sobre este asunto a mi amigo, Bernardo sólo me dijo que la justicia humana es lenta e imperfecta y que la divina era incomprensible y absurda por no poder ser comprobada en vida. Pensé en ese momento que mi amigo se olvidaba del rencor y oraba por el descanso de su padre. Así que la familia se levantó y comenzó la organización y el restablecimiento de su poderío. Bernardo se hizo cargo de la cuestión operativa de los negocios. La cobranza de los arrendamientos, el trato con los empleados, los suministros para los distintos negocios de la familia. Curiosamente no manejaba el dinero. Las finanzas corrieron a cargo de su hermano menor, quien administraba cada centavo de la familia siempre dirigido al bien común. Los otros dos hermanos trataban los asuntos (i) legales. Durante años de amistad con Bernardo, nunca vimos nada realmente fuera de la ley, pero sí cosas que nos parecían raras. La renta de al menos 20 departamentos cercanos, los préstamos con ignominiosos intereses, eso sí sin necesidad de avales. Los negocios de rubros similares a los de Bernardo que simplemente no prosperaban cerca de los negocios de la familia. El desprecio de conocidos y vecinos disfrazados de deferencia. Entonces los amigos de Bernardo nos dividíamos en nuestras opiniones sobre la naturaleza mafiosa de esta familia. En nuestras conversaciones yo me aferraba a la idea de que decir que la familia de Bernardo era una mafia era una exageración.
Fernando mi primo me dijo una tarde:
-¿Pues qué estás ciego o qué?
-Bueno pues si lo es entonces yo quiero ser el consiglieri.
-No manches, pues si no es el padrino.
Esteban que andaba por ahí preguntó confundido:
-¿Qué madres es un consiglieri…?
Nos dejamos de tonterías y nos dedicamos a crecer, a buscar trabajo. Se vinieron abajo nuestros planes de seguir emborrachándonos cada viernes.
Un buen día, Bernardo y yo tratábamos de llegar al fondo de un asunto. El tal asunto era una botella de Whisky escocés. Bernardo me dijo, encendiéndome un cigarro, que un día cercano me pediría un favor. Por supuesto que no podría negarme. Sería la primera vez que él me pedía algo, y sería la forma de agradecerle su ayuda en los momentos en que me enfrentaba penosamente a la bancarrota. Claro eso no fue lo que yo pensé sino los argumentos que él ocupó para convencerme de ayudarlo. Inesperadamente Bernardo me afirmó que conocía al asesino de su padre. Pero no me dijo cuál sería el favor que me pediría. Intrigado di una fumada a mi cigarro.
Dos meses después en mi pequeño departamento se celebraba mi despedida pues yo engrosaría la llamada fuga de cerebros o, en mi caso, de hígados cirróticos, gracias a la generosidad de una compañía siderúrgica en Chile. A pesar de lo molesto que es que se celebre el que uno se vaya, invité a todos mis amigos. Y fue ahí donde Bernardo me explicó en que consistiría su petición. Después de que yo me estableciera en Santiago, enviaría a las mujeres de su familia conmigo para su protección. Ignoro de qué las quería proteger. Lo ignoro más por precaución que por ingenuidad. Me pide que las cuide por un par de años mientras las cosas se enfrían. Luego me recordó que sería tonto matar al asesino de su padre, como había pensado al principio. Y empezó a hablar de cosas que en realidad le harían vivir un infierno al desdichado. Esas cosas ya no las escuché aunque estaba justo frente a él cuando me las contó. Era simplemente sorprendente oír a mi amigo hablar así. Así que cuando vi que sus labios dejaron de moverse, sonreí, asentí y le dije que sí que no había problema, que podía contar conmigo.
Hoy en el aeropuerto espero a la madre de Bernardo, a su hermana Fernanda y a su hija Iliana, casi secuestrada de su madre de quien Bernardo se separó hace cinco años. Cecilia, su ex-esposa, rechazó la oferta de Bernardo de huir a Chile pues argumentó que separada de él no tiene nada de que protegerse, ni miedo de nada. Espero el vuelo de las 16:00, son casi veinte minutos de retraso. Pienso que deberé conseguir un departamento más grande mientras “se enfrían las cosas”. Pienso en lo que Bernardo está por hacer. Qué fuerte venganza será que decide esconder a su familia primero. No, nada malo debe ser, después de todo pensar en la familia de Bernardo como una mafia es una completa exageración.