La noche que vendí mi alma fue un jueves. Es el día que daba clases de pintura a Mirna. Mirna es la mujer que amo y por quien daría la vida. Y por quien ya entregué mi alma. Antes Mirna tomaba clases de pintura todos los días. Así fue como me enamoré de ella. Ponía gran dedicación a sus clases y asistía puntualmente. Compensaba de esta forma su falta de talento. A base de grandes esfuerzos fue capaz de realizar, después de algunos meses, su primera obra. Un bodegón bastante mediocre que firmó orgullosa con su sonrisa eterna en los labios. Me abrazó y me dijo dulcemente que jamás lo habría logrado sin mi ayuda. Puso sus labios en los míos. Fue un beso espontáneo, pero cuya llegada había esperado tantas noches en mi estudio. Dos días después, con la voz temblorosa y aparentando un puro interés artístico le pedí que posara para mí para pintar su espalda de diosa helénica. Dibujé como tres líneas en mi lienzo blanco antes de lanzarme sobre ella y hacerle el amor. Ya no pude vivir sin ella.
Ella llevaba café todas las tardes. Yo guiaba con mi mano la suya mientras el pincel acariciaba el lienzo. Sus cuadros, nuestros cuadros, rayaban en lo vergonzoso. Parecían pintados por un niño de seis años, ciego y con Parkinson. Pero ya poco importaba su avance. Ella no era buena para el arte y yo era pésimo para la enseñanza. Lo importante es que entre óleos y pinceles la amaba cada tarde. Cada tarde por tres meses. Después me dijo que sólo podría martes, miércoles y jueves. Una semana después se fijo el jueves como único día de verla. Evitaba mis manos. Sus besos eran pocos y sin emoción. Sus ojos almendrados estaban en otro sitio. Igual su mente. Y, según me enteraría muy pronto, también su corazón.
Lo soltó a quemarropa. Algunas cosas se dicen así para que el golpe sea menos doloroso. En este caso creo que era ella quien se protegía pues no había forma de que sus palabras no me devastaran. Ella se marcharía. Debía retomar su camino. Tenía que buscar su futuro al lado del hombre que representa lo que ella necesitaba. Que no era necesariamente amor. En Julio próximo ella se casaría. Debía dejar de soñar y caminar con sus pies bien puestos en el suelo. Yo sentí que no había suelo bajo los míos. Un abismo así de grande se abrió delante de mí. Un sabor amargo en mi boca. Una sensación de vacío – que después supe que era gastritis- royendo mis entrañas. Me dejó un beso triste y helado en los labios. Tomó sus pinceles, un montón de sueños de niña y caricias sin usar y las guardó en cierto baúl que ya jamás iba a mirar. La sonrisa eterna no me fije donde la dejó.
El dolor de su partida se me juntó con la frustración de que se me iba con alguien más. Nunca supe cuánto me amó, si lo hizo. Lo único que importaba era recuperarla. Parecía que no habría forma de retenerla. A no ser por un billete ganador de la lotería. Pero la suerte jamás me ha favorecido de esa manera. Tenía que encontrar otro método.
Lo intenté todo. Todo lo que estaba en mis manos, porque de pronto ella se volvió un fantasma. Llevaba semanas sin verla. Mi mundo se había acabado de pronto y pensé que, a falta de dinero podría vender lo más caro que poseía. Pero no encontré forma de vender algún órgano en el mercado negro así que sin más me vi orillado a recurrir a las fuerzas sobrenaturales en un intento desesperado de pasar mi vida a su lado. Visité varias yerberas que me hicieron beber amargas pócimas para atraerla de vuelta. Un chamán de Catemaco me hizo una muñeca color roja con una prenda suya que no mencionaré por pudor pero que se usa bajo los pantalones. Invoqué a cuanto súcubo encontré en cada bestiario que se haya escrito. Puse a San Antonio junto con otras deidades de cabeza. Me bañé en sangre de cabra bajo la luz de la luna aullando su nombre (imagínese en este punto al pintor en medio de un lote baldío, en pelotas, gritando con lágrimas en los ojos: Mirnaaaaaaaaaaaaaaaa) Nada funcionó. Y la desesperación me condujo a pensar seriamente en negociar mi ya de por sí devaluada alma. Pero el Maligno no aguarda en un rincón con el contrato en la mano esperando a que a uno se le ocurra hacer un pacto. Así que tuve que sufrir seis meses más mirando cómo el destino de mi amada se materializaba al tiempo que mi sueño se hacía polvo.
Una fría mañana de febrero me encontré sollozando en la catedral. Temblando de frío y de dolor. Aunque la tristeza se había vuelto imperceptible como mi sombra, esa mañana su recuerdo y su futuro se habían vuelto una carga con la que no pude más. Es extraño que el Príncipe de las Tinieblas se presente precisamente en la casa de Dios. Pero juro que así fue. Disfrazado como vagabundo se acercó a mí con una botella aguardiente de caña en la mano. Me ordeno beber de ella. El calor del alcohol destrozando mi garganta le trajo algo de vida a mi cuerpo. Me dijo que podía hacer que ella estuviera a mi lado siempre que yo supiera cómo pedirlo. Y que si ella valía más que mi propia salvación entonces todo era posible. Un segundo después se había esfumado. En vano le invoqué durante siete días pero el ángel caído no regresó. Al octavo día, mientras fumaba un cigarrillo sentado al pie de la puerta de catedral una mujer gorda y con una chalina sobre los hombros me habló así: ¿Sabes ya cómo pedir lo que deseas? Yo respondí: Sí, quiero que ella vuelva a mí, que se enamore de mí y que estemos juntos por siempre. Ella bajó la vista y negó con la cabeza. Aún no estás listo, dijo. Y se marchó. Cada día, siempre en la cercanía de catedral, me acechaba en un disfraz distinto el futuro dueño de mi alma. Le pedí a un hombre vestido de charro regresar el tiempo y cambiar lo que hice mal. Contestó que si lo hiciera el destino se encargaría de que todo saliera igual. Le pedí a un niño ciego de voz escalofriante que no existiera el otro hombre para que ella pudiera amarme. Me contestó que si no fuera él habría seguramente alguien más. Distinto a mí, pero parecido a él. Le pedí a una colegiala con coletas y falda tableada ser más rico que el hombre con quien Mirna se casaría. Sonrío dejándome ver sus dientes con braquets y me dijo: Eso no cambiaría lo que ya está escrito. Pero te estás acercando.
Ya me había cansado de tantos juegos. De no obtener lo que quería. ¿Acaso mi alma no lo valía? Y mientras el otro hombre agotaba los besos de Mirna. Su esencia. Y me imagino que su sonrisa que yo pensaba eterna y que casi se había ido de su rostro la última vez que la miré. Carajo, cómo odiaba al tipo. Qué rabia le tenía. Qué envidia de ser el que la tenía para sí. Y yo sin ella y regateando con el diablo lo único que me quedaba.
Finalmente el 29 de Febrero, fecha casi imposible, un hombre con el cabello blanco y los ojos rosados me indicó que era el último día que podía ofrecerme un trato. Desganado contesté casi susurrando que no sabía cómo debía formular los términos del contrato. Que ya no me importaba lo que pasara y que en ese momento la ira y la envidia me desgarraban. Que maldecía a mi suerte por no ser él.
Ahí lo tienes, dijo. Ésa, es la forma de pedirlo. Dime que deseas ser él. Dime que estás dispuesto a sacrificar lo que eres. Que deseas renunciar a ser tú por estar a su lado. Que ella vale más que todo lo que fuiste y lo que puedes ser. Al hacerlo estás renunciando a tu alma y de esa forma puedo tomarla. Al mismo tiempo me demuestras que estarás satisfecho con el resultado de la transacción. Me pareción sensato lo que decía. Y no había otra cosa en el mundo que yo pudiera pensar que sería mejor que ser él. Ser el futuro esposo de Mirna.
El albino me dijo que debía cumplir ciertas encomiendas. Algunos de los crímenes que cometí a petición suya, son tan horribles que no me atrevo a relatarlos. Pero el precio de la sangre me parecía poco. Aún más si tomamos en cuenta que era ajena la sangre derramada. Por último una calurosa tarde de Mayo una voz de mujer por teléfono me dictó un número de cuenta de un muy terrenal banco y me pidió depositar 100,000 pesos. Me pareció sospechosa la petición. ¿Para qué querría el diablo esa cantidad? La voz de la mujer me indicó que era para cumplir el pacto de alguien más. Me recordó que el diablo no posee riquezas propias y que aunque tuviera el dinero debía cubrir siempre su rastro en la tierra. Me dijo que era un intermediario haciendo realidad lo que Dios nos negaba y que para él era tan fácil. Me tranquilizó diciéndome que para el 16 de Julio todo estaría resuelto. Mi deseo se habría cumplido para esa fecha. ¡Ésa fecha era la fecha en que Mirna se casaría! Mi sorpresa ante ese dato borró de mi mente toda duda y me apresuré a conseguir el dinero. Hipotequé mi casa. Vendí mi auto. Hice el depósito tres días después. Y esperé.
El 16 de Julio llegó y se fue. Ningún cambio se había operado. Me enfurecí. Busqué al albino por todas partes durante siete días en las cercanías de la catedral. Al octavo día lo encontré. Lo tomé por el cuello tratando de asfixiarlo. Me miró sorprendido. Fingió no reconocerme. Casi lo muelo a golpes. Entre sangre y uno que otro diente roto extendió una sonrisa paternal sobre su rostro.
¿Es que no lo ves? dijo. Todo se cumplió cabalmente. La transmutación se llevó a cabo. La persona con quien negocié es ahora el flamante y feliz esposo de Mirna. Y esa persona fue antes su maestro de pintura. Pero ahora él no lo recuerda, porque para que todo funcione sin que mi huella se vea presente debí borrar de su memoria los pormenores de cómo llegó hasta ahí. Y cuando me ocupé de llenar su espacio con la esencia del maestro de arte tuve que poner la conciencia del otro hombre en algún sitio. Y él único que encontré fue el cuerpo del pintor que había quedado vacío. Y aquí estás. Tuvo que ser de esa forma para no alterar las leyes del universo. Tuvo que ser así para que Mirna no lo notase. Y ya ves que ni tú mismo sabes cómo es que ahora eres quien la ha perdido para siempre.
No creí ni una palabra. Respondí: ¿Y cómo es entonces que me encuentro acá, reclamándote por un contrato del que nada debería saber? ¿Cómo es que mi memoria está intacta? ¿Por qué no la has borrado si lo que dices es cierto?
Calma, contestó. Lo que sucede es que al ocupar el cuerpo del artista, te has llenado de su pasado, su presente y su porvenir. De lo que él fue y de lo que será. En otras palabras sus recuerdos ahora te pertenecen y con ellos el de un supuesto trato con el demonio. Así debía ser y no de otra forma. Sería raro que un loco se presente sin más alegando que está viviendo en un cuerpo ajeno y que esa vida no le corresponde. No es conveniente para ninguno de ustedes dos. Lo único que se obtendría de un trato pensado con tan poca cautela sería un cuarto en el pabellón psiquiátrico para ambos. Dime ¿qué caso tiene? Ahora dime, ¿no te alegra pensar que el otro hombre que en realidad es un poco tú y un poco él mismo ame tanto a Mirna que haya hecho conmigo semejante trato? En tu memoria, que es la del pintor con quien hice negocio ¿no te choca la sensación de que el hombre con quien Mirna se casa es un desalmado? Bien, he ahí el motivo. Y la prueba que necesitas. Ese desdichado no tiene alma por que la ha vendido para estar siempre con ella. Ahora, en el intercambio, resulta que el hombre que crees ser ahora recuerda haber hecho tratos conmigo y reclama incumplimiento de mi parte. Te he dado pruebas de que mis obligaciones fueron cumplidas. Si de cualquier forma, engañado por tus falsos recuerdos decides que no fue así podemos negociarlo de nuevo. Y yo tendré un alma más por un mismo negocio. Aunque por simpatía debo decirte que el resultado será prácticamente el mismo. En unos días alguien, probablemente el otro hombre, vendrá a reclamarme que sigue sin ella. Como ves, es un círculo vicioso por llamarlo de alguna forma.
Su argumento, si no sólido, al menos era coherente y parecía tener algo de sentido. Caminé confundido alejándome del albino. ¿Será posible que yo no sea yo? ¿Qué ahora estoy felizmente casado con Mirna? ¿Que este pobre pintor, está ahora arruinado por la transacción que yo – ahora el otro hombre- llevé a cabo? No sé cómo debo sentirme. Si yo en realidad soy el que se casaría con Mirna y ahora la he perdido me gustaría recuperarla. Aunque no a través de pactos con Lucifer. Porque aún persiste la duda en mí. Si lo que el diablo, o ese albino estafador, dijo es cierto eso explicaría porque soy un pintor tan malo. Tal vez ésa habilidad no la recuperé por completo de entre los recuerdos de mi rival.