Deus ex machina

Roberto Zuñiga repasaba sus notas en el estudio minutos antes de que iniciara la transmisión “Las cartas sobre la mesa” era el desafortunado y poco ingenioso nombre del programa de debates conducido por él emitido cada martes a las once de la noche por el canal 6.  A pesar del bajo presupuesto y de la poca cobertura, la emisión contaba con una considerable audiencia. Sobretodo desde hacía dos meses cuando por decisión de los ejecutivos productores la temática del programa se enfocó en tópicos “de mayor interés”. Se dejó de lado la economía y los análisis financieros. Se olvidaron de la política local, las discusiones sobre la administración pública y las noticias globales. Ahora se trataban temas como superación personal,  fenómenos paranormales, autopsias extraterrestres, teorías conspiratorias y linduras de ese tipo. Tenemos la televisión que nos merecemos. Roberto sonreía tristemente.

El jefe de piso anunció treinta segundos para el inicio de la transmisión. La maquillista dio algunos retoques finales para reducir el brillo en la frente de Roberto. Una señal brillante indicó con parpadeantes letras rojas que estaban al aire. El conductor leyó el asunto a discutir esa noche: Los sueños y su interpretación. Luego, presentó uno a uno a sus invitados. Esa noche le acompañaban: Amatista Santillán, psíquica y estudiosa de lo paranormal -whatever that means- la psicóloga Sarai Terrazas, el sacerdote Rafael Peña y la señora Serafina Valencia que… vendía hierbas medicinales y realizaba limpias en el mercado Constitución de 1917.

Empezaremos con una definición de los sueños – dijo Roberto. La psicóloga, sentada a la derecha de Roberto dijo que los sueños eran una manifestación del inconsciente a través de la cual se reflejaban, representadas en imágenes, ideas o conceptos ocultos a la mente consciente. Roberto asintió. Menos mal que busqué sobre Freud en wikipedia… El sacerdote Peña estuvo de acuerdo aunque agregó que muy posiblemente son el conducto a través del cual Dios se pone en contacto con sus hijos; ya para mostrarle alguna revelación, ya para recordarle el buen camino. ¿Ejemplos? El buen libro está colmado de ellos, como el caso de… pero no pudo continuar porque Amatista, la psíquica, ¿de veras así se llama? Interrumpió para decir que los sueños eran una ventana que nos permite asomarnos a realidades alternas. Doña Serafina se limitó a decir que ella era capaz de curar las pesadillas y proporcionó sus datos de contacto -esta es la peor, ¿de dónde diablos la sacaron?- Roberto se dirigió al auditorio para anunciar un corte comercial.

El jefe de piso se acercó y dijo algo al oído de Roberto. Al regreso, el conductor presentó  a un nuevo invitado a la mesa quien se excusó por la demora por causa del tráfico. ¿Tráfico a las once de la noche? El recién llegado era el neurólogo Alfredo Sotomayor, investigador del Instituto Nacional de Ciencias Médicas. De acuerdo a lo que dijo, las investigaciones en términos neurológicos sugieren una naturaleza mucho menos espiritual. Él señaló que los sueños son un proceso a través del cual el cerebro realiza un ordenamiento de información. Al transferir información de la memoria de corto plazo a la memoria de largo plazo durante el sueño, el cerebro emite ondas eléctricas que activan respuestas sensoriales que producen en la mente dormida imágenes, sonidos y otras múltiples sensaciones. Una transferencia de este tipo explicaría la inclusión de elementos recientes de alguna relevancia en los sueños del sujeto. Al tratarse del desplazamiento de información cruda, para Sotomayor, la interpretación de los sueños se vuelve una tarea inútil por antonomasia – ¿Antonomasia? … me suena, me suena.

Esta definición provocó desacuerdo por parte de la psíquica quien interpeló que los sueños sí pueden interpretarse, y que además pueden revelar información valiosísima. ¿Cómo se explicaban, además, los casos de clarividencia en las ensoñaciones de numerosos personajes? Sarai què -hermosos ojos tiene esta chica- comentó que si bien no creía en el origen sobrenatural de los sueños, estos a menudo ayudan en la terapia a dilucidar aspectos clave en la personalidad del paciente. Incluso revelan miedos o ansiedades profundas no del todo presentes en la vida diaria de quien los sueña. Y además tiene una bella voz… casi no escuché lo que dijo, pero su voz es linda. Los ojos de Roberto miraban discretamente el escote en la blusa roja de la joven psicóloga. El sacerdote tampoco estaba de acuerdo con Sotomayor. Para él los sueños eran una prueba más de la naturaleza divina del ser humano. Algo equiparable con la razón y el lenguaje. El neurólogo refutó recordándole que existe evidencia de muchos mamíferos que son capaces de soñar. Agregó malicioso que de ser así, Dios tenía entre sus criaturas algunos consentidos con línea directa de comunicación, pero de ninguna manera existía exclusividad para el hombre. Doña Serafina dijo que no, que los sueños sí eran ciertos -¿quién dijo que no lo fueran?- porque ella una vez soñó a su tía Panchita diciéndole adiós y a los tres días que agarra y que se muere. Roberto contuvo como pudo una carcajada ante tan apabullante argumentó. Sarai, calló respetuosamente mientras el neurólogo miraba confundido a Roberto, seguramente preguntándose quien se había encargado de hacer la lista de panelistas congregados esa noche.

Roberto desvió la incipiente tensión leyendo algunas preguntas del auditorio. Pedro Palma, de la colonia El Jardín preguntaba qué significa soñar con serpientes. El Padre Peña respondió con una obvia alusión a Satanás pero que interpretó como las tentaciones presentes en la vida de Pedro. Amatista opinó que como los sueños son maneras de desprenderse del cuerpo físico, tal vez Pedro se topó con alguien en el mundo astral que se soñaba serpiente. Sugirió no temer y tener una aproximación con el reptil en caso de que el sueño se repitiera. Doña Serafina reafirmó su capacidad de curar las pesadillas y volvió a dar sus datos al aire. El neurólogo mostraba su desprecio por estas ideas sonriendo descaradamente y meciendo la cabeza de un lado al otro.

Roberto continuó con las llamadas. Alberto Jiménez, de Villas del Almendro quería saber el significado de soñarse teniendo relaciones sexuales y que si eso era malo. Sarai tomó la palabra. Estos sueños son para ella la manifestación del deseo inconsciente de satisfacer una necesidad y que bien podría tratarse de alguna frustración o una acallada ansiedad. Roberto la miraba con atención. Situó sus ojos en esos labios que hablaban de manera suelta y espontánea. Sería fácil soñar contigo y nada tendría de trasfondo psicológico… Roberto recuperó la compostura y pasó la pregunta al sacerdote. El padre, respondió que las tentaciones se presentan en cualquier forma y color y que era preciso ser prudente.  Para Amatista era claro que se trataba de un súcubo que le había visitado en la noche. Este demonio en forma de mujer tenía la posibilidad de dar la sensación de haberse tratado solamente de un sueño y no de una especie de violación transdimensional.  Doña Serafina la hierbera, dijo a Alberto que podía acercarse con ella en el mercado para curarle la cabeza de tantas cochinadas. En ese momento el neurólogo soltó una tremenda carcajada.

-Perdón- dijo- ¡pero están diciendo puras pendejadas! ¡En la torre! Eso es lo malo de transmitir en directo. Indignados los demás invitados comenzaron a devolver la agresión mientras Roberto clamaba por algo de cordura. La discusión se salía de control, los ánimos se encendían, los gritos no se hicieron esperar. Sotomayor seguía riendo burlonamente y eso obviamente desesperaba a los panelistas. Roberto se esforzaba en vano por poner algo de orden. Lo que más le apenaba a Roberto era la presencia de Sarai, la psicóloga de bellos labios en inquietante escote. Doña Serafina sacó algo de su bolso ¿un cepillo? ¿un estuche de maquillaje? y se lo arrojó al neurólogo. Por alguna razón la transmisión continuaba sin cortes. Roberto, completamente desesperado se puso en pie y gritó:

-¡Basta!

Los ojos de los presentes se pusieron sobre él. También el personal del estudio y, al menos así le pareció, los ojos de miles de televidentes al otro lado de la pantalla. El cura desvió rápidamente la mirada. Sarai a su lado, le miraba sonrojada con una mano en la frente y la cabeza baja. De pronto, de la nada un sonido envolvió la locación. Difuso al principio, el sonido se hizo reconocible poco a poco. …I didn’t mean to hurt you, I didn’t mean to make you cry. John Lennon cantaba suavemente y más desconcertado aún Roberto miraba en rededor buscando el origen de la música. Los ojos atónitos de los demás seguían pegados a él. Algo pasó por la mente de Roberto para que súbitamente bajara la vista y descubriera la razón de que todos le miraran con sorpresa y confusión: no llevaba puestos pantalones.

Roberto abrió los ojos sobresaltado. Su radio despertador encendido marcaba las siete con veinticinco.  John Lennon tocaba las notas finales de Jealous Guy. Su esposa ya despierta le miró con curiosidad. Roberto pareció apenado y dijo sonriendo:

-Tuve un sueño muy extraño. Yo era el conductor de un programa de debates. Los invitados discutían por una tontería y todo se salía de control, así horrible.

-¿Qué onda con tus sueños? – fue todo lo que ella dijo mientras se ponía una escotada blusa roja.

-No sé- respondió- tú eres la psicóloga.

Publicado en on Septiembre 4, 2009 at 4:24 am Dejar un comentario

Muere por culpa de chófer imprudente.

El conductor manejaba distraído viendo a “una morra bien sabrosa” 

 Víctima de la negligencia de un conductor de la ruta Jultepec-San Isidro muere un joven ayer alrededor de las 21 horas. El chófer que arrolló al hombre identificado como Juan Alberto Martínez de 22 años se dio a la fuga luego del incidente. Al lugar acudieron agentes del MP para efectuar el levantamiento del cadáver que falleció por entallamiento de vísceras tal y como quedo asentado en el acta 0004578-21-08-2009. Los pasajeros, testigos del infortunado incidente declararon que el chófer de la ruta manejaba distraído mientras le señalaba a su “chalán” una “morra bien sabrosa” cruzando la calle y no se percató del peatón que a su vez cruzaba la calle impactándose contra él en las cercanías de la colonia San Rancho Pastor. “Ni estaba tan sabrosa” atestiguó otro de los presentes al momento del accidente, “pero sí aguantaba”. El chófer y su acompañante se dieron a la fuga de inmediato. Se sabe que el hoy occiso se encontraba con vida al momento de encontrarse con la muerte. Motivo por el cual ya se inició una investigación para dar con el paradero de “el patas” como se conoce al chófer de la unidad antes mencionada. “Deberían de quitarle la licencia a esos desgraciados que lo traen a uno como si trajeran ganado” declararon vecinos de la colonia mencionada. Los padres de Juan Alberto acudieron a la oficina forense del ministerio público a reconocer el cuerpo en calidad de difunto. Y sí lo reconocieron porque sí era él. O sea su hijo.

Reporto׃ Julio Bestranzos

Publicado en on Agosto 13, 2009 at 5:55 pm Dejar un comentario
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El día que no hubo café

 

Dolores regresó con las tortillas para el desayuno pasadas las nueve de la mañana. Su padre trataba infructuosamente de sintonizar el noticiario de Juan Meneses. Su madre preparaba longaniza y frijoles negros. Se acabó el café, le dijo su madre, ve con Don Filiberto por más al tendejón. Si no tiene vas con Elvira. Dolores hizo una mueca de descontento y volvió a salir de la casa. Al llegar a los ultramarinos de Don Filiberto se encontró con Arnulfo que llevaba en la mano un veliz  y en el veliz un secreto, según le dijo a Dolores. Dolores entró al tendejón y pidió medio kilo de café en grano. Don Filiberto le dijo que no había café hasta que su padre le pagara los cuatro pesos con setenta y cinco centavos del tabaco que pidió la semana pasada. Dolores enfiló hacia la casa de Elvira que vendía el café ya molido y tostado. Elvira le dijo que su molino se había descompuesto hacía tres días y que por eso no había comprado más café. Dolores pensaba dónde más podría conseguir café para el desayuno cuando miró de nuevo a Arnulfo sentado mirando algo dentro de su misterioso veliz. Dolores caminó hacia el viejo molino, donde estaba la estación. Pensó que con suerte tendrían algo de café para venderle. Al llegar ahí la vieja Doña Etimógenes, apodada doña cochambres, le dijo que había vendido todo un día antes para el velorio de los niños arrollados por el tren.

Y era cierto. Yo mismo estuve en el velorio y aún antes desde la misa que dio el padre en la capilla de San Jacinto ya se repartía café con canela y pan dulce a los presentes. Y es que a lo mejor ustedes ya saben pero el martes en la madrugada ocurrió que el tren se arrolló a cinco chamacos. Tres de los hijos de don Onofre y  los hermanos Peña, hijos de Gertrudis Peña. Según me contó Gilberto, iba medio pueblo en bola en peregrinación a la fiesta de San Miguel. Como cada año salieron de noche para llegar al alba a la misa que se ofrece en San Miguel Tenampa. Sucede que al llegar al empalme que se hace en San Isidro Temazcal los cinco niños iban muy adelantados y decidieron echar un sueñito mientras llegaba el resto de la comitiva. Y dizque se les ocurrió tamaña burrada de dormirse sobre los durmientes del ferrocarril. Que yo no sé por qué se llaman así. Pero así se llaman y ahí mismo encontraron sus cuerpos pequeños, irreconocibles a no ser por sus ropas. Los peregrinos ya ni llegaron a la fiesta y se trajeron los cadáveres y con ellos un olor a muerte que no se ha ido del pueblo desde ese día. No sé si ustedes lo hayan sentido pero en el velorio la presencia de la muerte pesaba sobre todos los que ahí andábamos. El aire de tan denso se hacía difícil de respirar y hasta el sacristán tuvo que salirse a medio servicio porque no podía entre el aire denso, el olor a muerte y el copal de incienso.

Pero les estaba diciendo que Dolores no consiguió el café que su padre necesitaba tomar con aguardiente cada mañana antes de irse a vender el carbón y  la leña. Caminaba algo distraída y con la cabeza baja cuando se topó de frente otra vez a Arnulfo y su dichoso veliz. Está vez ella le gritó enojada, qué me andas siguiendo o qué. El muchachillo solo la miró algo sorprendido y le dijo que le quería enseñar su secreto que no por caber en el veliz era menos sorprendente. Dolores le dijo que tenía que conseguir café antes de que se hiciera más tarde para el desayuno y salió corriendo, mientras Arnulfo se quedaba impasible mirándola alejarse rumbo a la estación.

Sucedió que al llegar a casa Arnulfo la aguardaba en la puerta. Ella se sobresaltó pero hay que tener en cuenta que Dolores visitó, por último, a su madrina doña Hortencia quien le regaló algo de café para el día que no hubo café. Dolores entró a dejar el café y salió sin avisar que Arnulfo la esperaba afuera. Dolores pensó que Arnulfo debía traer algo realmente extraordinario en el veliz así que le acompañó a la antigua estación, cerca de la vía del tren. Arnulfo se sentó debajo de un árbol y le dijo a Dolores que había conseguido la flor de la amapola, de la adormidera que le dicen y que era divertido fumarla y jugar en los árboles y en las vías y después te daba un sueño bien rico y dormías así mucho tiempo y después despertabas muy contento y con mucha fuerza para aguantar caminando toda la noche. Además de eso Arnulfo le mostró el reloj de bolsillo que su padre le había regalado el día de su comunión y confirmación. Así platicaron y fumaron un rato de la adormidera.

Pasaron dos días sin que nadie supiera nada de Dolores desde que dejó el café en casa. Fue la tarde del viernes que la encontré debajo de un árbol, temblando de frío con un reloj de latón con el cristal estrellado y la carátula deshecha en las manos. La traje a la casa mientras me contaba el cansancio que da fumar la amapola y lo pocohombre que era Arnulfo al no haberla esperado y dejarla ahí medio dormida y medio muerta debajo de un árbol a las vías del tren. Lo que al parecer la mensa de Dolores no sabía en ese momento es que Arnulfo Peña y su hermano Pablo Peña habían sido enterrados en el atrio de la capilla de San Jacinto un día antes. Yo le iba a decir pero mejor me quedé callado y le llevé un poco de pan. Nadie creyó la historia de mi prima Dolores porque ella siempre le tuvo mala fe a Arnulfo. Así que creyeron que se lo inventó todo. Pero yo le creí y al parecer Arnulfo le tenía mala fe también pues aún difunto vino y la llevó a las vías a dormirla no más por hacerle la maldad. Lo bueno es que con el accidente habían cerrado, y cerrado sigue hasta hoy, el paso del tren por el pueblo. De no ser así a lo mejor enterrábamos a seis en vez de cinco chamacos esa triste semana.

Publicado en on Junio 30, 2009 at 1:11 pm Comentarios (2)

“La vorágine”

Praga, 3 de Febrero de 1984

 

El violín dibuja en el aire una melodía escalofriante. Un tenue corno francés brama a lo lejos. El chelo responde agitado y como de mala gana al violín que se queja incesantemente. Un clarinete acentúa y matiza la melodía del violín con unas notas caídas aquí y allá. La línea melódica del violín se revuelve violenta, aumenta su intensidad y su altura y desciende en círculos hasta lo que parece ser su resolución. En vez del esperado reposo un piano retorna al escucha hacia el vértigo envolviendo con acordes tensos y notas disonantes al violín que regresa acaso más estridente que antes. Toda la pieza gira sobre sí, evoluciona, crece y se mueve hacia sitios inesperados. La única constante, el único patrón, inamovible y predecible sin que esto sacrifique en modo alguno la libertad de la obra: un basso ostinato fruto de la sucesión de cinco notas salidas de un oboe y las graves y profundas percusiones generadas por computadora. Éstas últimas, aunque equidistantes en el tiempo no darían una idea clara de la medida del compás. Algunos han teorizado que se trata simplemente de un compás de cuatro tiempos o acaso de un compás partido dada la velocidad en que se suceden las percusiones. Esta teoría ha sido refutada por algunos si se considera la monotonía en que se reproducen los golpes percusivos es decir: la carencia de acentos. Y es que los acentos tanto de la melodía como de la complicada armonía hacen casi imposible ubicar el inicio y el fin de cada compás. Algunos otros más osados sostienen que al ser una técnica nueva el parámetro debiera ser beats per minute en vez de una medida tradicional. Esta insinuación ha indignado a puristas y académicos defensores de la pieza. Si esto representa un problema en términos de notación y ejecución, el aspecto melódico y armónico de la pieza no es más sencillo de tratar. Es por eso quizá que se dificulta enormemente la ejecución de la obra con orquesta. Esto deriva en dos hechos lógicos: que el autor haya decidido grabar su obra ejecutando él mismo cada uno de los instrumentos, y que la pieza sea prácticamente inejecutable con instrumentistas para una audiencia en directo, con la sola excepción de su esperada presentación en la Konzerthaus de Viena. Esta única presentación fue de gran satisfacción para el joven autor, su retraimiento y su poco o nulo interés de convivencia social puesto de manifiesto tantas veces anteriormente.

Noland Ensor, polaco de origen francés y heredero de la música atonal de la segunda escuela de Viena es el autor del poema sinfónico La Vorágine originalmente concebido para musicalizar el poema homónimo del escritor irracional húngaro Anton Sladék. El poema en cuestión, como pieza literaria, permanece inédito pues unos días antes de la presentación de la obra en Austria, Sladék murió en un accidente ferroviario en su natal Szeged. Aunque Ensor tenía el poema completo, por respeto a su recién fallecido amigo decidió no usarlo en la pieza al publicarla. Al parecer la única persona afectada por esta decisión fue la soprano Romina Nardecchia, escogida por ambos artistas por la fría sensualidad de su voz. Nardecchia consideraba que el grabar el poema del desaparecido escritor haría más grande su homenaje además de inmortalizarla y extender su reinado más allá del selecto grupo de seguidores que tenía en la Europa occidental.

Se dice que Ensor modificó la partitura original dos noches antes de la presentación y que la razón por la que él mismo interpreta el violín fue por un hecho menos idealista del que pareciera. Al parecer el violinista Wilheim Von Armin reclamó el repentino cambio en la partitura y fue despedido en el acto por un extrañamente colérico Noland Erson.

Considerando este rumor (Von Armin nunca aclaró el hecho de haber salido repentinamente de la orquesta de Erson) no es de extrañar encontrar algunos momentos fúnebres en el poema sinfónico de Erson. Aunque La Vorágine se caracteriza por ser agitada como su mismo nombre plantea, en el segundo movimiento se puede percibir claramente una calma solemne, fúnebre. Diríamos que el segundo movimiento es un Réquiem haciendo de lado el carácter religioso de dicha denominación pues tanto Ensor como Sladék fueron renombrados ateístas.

En cuanto a la música de Ensor y su relación con su amigo el poeta pesimista, Ensor siempre declaró que la atonalidad de su música fue siempre fundamental para llevar sentimientos de ansiedad, desesperación, desesperanza y tristeza a sus escuchas, de una manera paralela a la que Slavék usaba para familiarizar a sus lectores a dichas emociones tan crudamente descritas en sus textos pero detalladas de una manera casi entrañable.

La tesis de ambos era que el artista es capaz de despertar no solo los más nobles e inspiradores sentimientos humanos sino también los más oscuros, los más aborrecidos. Para estos dos artistas la exaltación de la decepción (Dellusional es quizá la sonata más conocida de Ensor; a su vez Sladék publicó una novela titulada “La desilusión del Cipariso” en la que el impasible ciprés se da cuenta que en realidad ser un objeto prácticamente inanimado es lo mejor que le puede haber ocurrido hasta que se da cuenta de que la piedra es más afortunada pues no tiene una vida que procurar) es un fin estético tan valido como cantarle a la belleza o a la alegría. No sin mala intención Ensor se refería a la Oda a la Alegría de Beethoven como “una pieza bella pero irreal en cuanto a idealista”.

A pesar de lo raro que pueda parecer, la crítica internacional apreció la enorme belleza y el raro concepto de lo que para muchos es la obra maestra de Ensor: La vorágine es una pieza que se publicó y se distribuye en los círculos más vanguardistas de Europa y América. Y al parecer, como a todos los grandes genios y aún sin llegar a su novena sinfonía (el mito del genio que no llega jamás a la décima aún persiste como prueba de alguna intervención sobrehumana, a veces divina a veces infernal) a Ensor no le quedaba más que morirse. Pero Ensor decidió regalarle a la humanidad la oportunidad de que el homenaje a su único amigo en el mundo fuera escuchado por millones de personas. El 17 de diciembre 1983, Noland Ensor grabó dentro de un auditorio vació (el Opera House de Nueva York) su poema sinfónico La vorágine. El material estará listo en algunas semanas para su venta al público, y la partitura original de la obra se exhibirá en el Museo Czartoryska, en la cuna del desaparecido músico y  a donde será enviado la próxima semana su cuerpo sin vida hallado el día de ayer en la habitación 319 del hotel Astor on the Park en Manhattan. La nota suicida encontrada en su mano se lee: “En un mundo de desilusión, la idea de morir se convierte en la única ilusión válida: la de acabar con el dolor”

 

 

Tomado del periódico en habla inglesa The Prague Shopper  con fecha 3 de febrero de 1983 editado en Praga, República Checa. Escrito por Shawn Fraust y traducido al castellano por Mónica Alba

Un cuento de hadas

Cuando la bella durmiente despertó se dio cuenta de que no despertó por el beso de un principe sino por el pinchazo envenenado que recibió de él mismo y no de la bruja como popularmente se ha venido diciendo para salvar el honor de los principes, de cuyo prestigio depende en buena medida la estabilidad de todo reino. Decía pues que la bella durmiente despertó y cuando el sopor y el aletargamiento de un sueño plácido pero irreal y suspendido fragilmente en una burbuja rosa terminó, ella notó que el sapo seguiría siendo un sapo, en el mejor de los casos, y que el sueño profundo producto de besarlo era un montaje barato, casi como un teatro de marionetas cuyos hilos eran halados por quién sabe qué maligna mano. La bella siempre sospechó algo de la falsedad de la escenografía pintada con acuarela pero la fantasía era grata y cómoda. Sin embargo como sucede en este tipo de cuentos la historia debe girar hacia un desenlace más positivo que la ilusión de estar viviendo “feliz por siempre” así que a diferencia de otros cuentos más convencionales el pinchazo envenenado le trajo a la bella vida y consciencia a diferencia del beso del sapo que fue como una droga placentera pero de corta duración y de desagradables secuelas. Esto se debe quizás a que no fue “un beso de amor verdadero” pero la verdad ¿quién entiende de sapos y sus besos, de sus razones y sentimientos? El asunto es que bella pudo al fin andar de nuevo por el bosque, no tan colorido como el del sueño pero con un ároma a madera y a tierra mojada que le fascinaba. Podía volver a reir de verdad y llorar con el alma. Podía soñar que soñaba y decir esto es sueño, esto no lo es. Y cantar, cantar gozar con el canto del juglar y sus historias fantásticas de dragones y de bestias, de guerras y batallas, de los reinos perdidos para siempre, de los amantes separados reunidos después de la muerte. Y quizás hasta puede ser que un día escuche su propia historia, que es ésta, cantada por el juglar. Y quizás hasta se enamore de él, ni principe ni sapo, caballero o bandido y sin ningún hechizo más que el de su propia voz.

La familia de Bernardo

Decir que la familia de Bernardo es una mafia es una completa exageración. No importa la manera en que se manejan los negocios, los favores recibidos, la estructuración familiar. Ni siquiera la manera en que murió su padre, aunque eso nos dio en qué pensar por un tiempo. Aun así es simplemente es exagerado pensar que sean una mafia.
El día en que la esposa de Bernardo me llamó a la oficina para avisarme sobre la muerte del padre de mi amigo, me excusé anteponiendo las obligaciones en el trabajo y comprometiéndome a acudir a dar mi pésame cuanto antes. Y así lo hice, solo que aún hoy me pregunto por qué no abandoné todo en ese momento para acompañar a mi amigo. Creo que no comprendí hasta bien entrada la noche, lo violento del suceso. En la madrugada de ese mismo día, al volver del aeropuerto después de un viaje de negocios su padre había sido tiroteado dentro de su camioneta. Junto a su cuerpo, sus pertenencias completas. Nadie tomó nada, ni siquiera la costosa computadora portátil que Bernardo le había regalado en la navidad pasada. Descartemos el robo. Las autoridades lo etiquetaron como un “ajuste de cuentas” término muy común hoy en los noticieros y que comprometía el buen nombre del padre de mi amigo; dejaba además ideas vagas sobre la captura o la investigación misma del crimen.

Fue curioso que decidieran no dar continuidad a la investigación que competía al ministerio público. Al inquirir sobre este asunto a mi amigo, Bernardo sólo me dijo que la justicia humana es lenta e imperfecta y que la divina era incomprensible y absurda por no poder ser comprobada en vida. Pensé en ese momento que mi amigo se olvidaba del rencor y oraba por el descanso de su padre. Así que la familia se levantó y comenzó la organización y el restablecimiento de su poderío. Bernardo se hizo cargo de la cuestión operativa de los negocios. La cobranza de los arrendamientos, el trato con los empleados, los suministros para los distintos negocios de la familia. Curiosamente no manejaba el dinero. Las finanzas corrieron a cargo de su hermano menor, quien administraba cada centavo de la familia siempre dirigido al bien común. Los otros dos hermanos trataban los asuntos (i) legales. Durante años de amistad con Bernardo, nunca vimos nada realmente fuera de la ley, pero sí cosas que nos parecían raras. La renta de al menos 20 departamentos cercanos, los préstamos con ignominiosos intereses, eso sí sin necesidad de avales. Los negocios de rubros similares a los de Bernardo que simplemente no prosperaban cerca de los negocios de la familia. El desprecio de conocidos y vecinos disfrazados de deferencia. Entonces los amigos de Bernardo nos dividíamos en nuestras opiniones sobre la naturaleza mafiosa de esta familia. En nuestras conversaciones yo me aferraba a la idea de que decir que la familia de Bernardo era una mafia era una exageración.
Fernando mi primo me dijo una tarde:

-¿Pues qué estás ciego o qué?

-Bueno pues si lo es entonces yo quiero ser el consiglieri.
-No manches, pues si no es el padrino.
Esteban que andaba por ahí preguntó confundido:

 -¿Qué madres es un consiglieri…?
Nos dejamos de tonterías y nos dedicamos a crecer, a buscar trabajo. Se vinieron abajo nuestros planes de seguir emborrachándonos cada viernes.

Un buen día, Bernardo y yo tratábamos de llegar al fondo de un asunto. El tal asunto era una botella de Whisky escocés. Bernardo me dijo, encendiéndome un cigarro, que un día cercano me pediría un favor. Por supuesto que no podría negarme. Sería la primera vez que él me pedía algo, y sería la forma de agradecerle su ayuda en los momentos en que me enfrentaba penosamente a la bancarrota. Claro eso no fue lo que yo pensé sino los argumentos que él ocupó para convencerme de ayudarlo. Inesperadamente Bernardo me afirmó que conocía al asesino de su padre. Pero no me dijo cuál sería el favor que me pediría. Intrigado di una fumada a mi cigarro.
Dos meses después en mi pequeño departamento se celebraba mi despedida pues yo engrosaría la llamada fuga de cerebros o, en mi caso, de hígados cirróticos, gracias a la generosidad de una compañía siderúrgica en Chile. A pesar de lo molesto que es que se celebre el que uno se vaya, invité a todos mis amigos. Y fue ahí donde Bernardo me explicó en que consistiría su petición. Después de que yo me estableciera en Santiago, enviaría a las mujeres de su familia conmigo para su protección. Ignoro de qué las quería proteger. Lo ignoro más por precaución que por ingenuidad. Me pide que las cuide por un par de años mientras las cosas se enfrían. Luego me recordó que sería tonto matar al asesino de su padre, como había pensado al principio. Y empezó a hablar de cosas que en realidad le harían vivir un infierno al desdichado. Esas cosas ya no las escuché aunque estaba justo frente a él cuando me las contó. Era simplemente sorprendente oír a mi amigo hablar así. Así que cuando vi que sus labios dejaron de moverse, sonreí, asentí y le dije que sí que no había problema, que podía contar conmigo.
Hoy en el aeropuerto espero a la madre de Bernardo, a su hermana Fernanda y a su hija Iliana, casi secuestrada de su madre de quien Bernardo se separó hace cinco años. Cecilia, su ex-esposa, rechazó la oferta de Bernardo de huir a Chile pues argumentó que separada de él no tiene nada de que protegerse, ni miedo de nada. Espero el vuelo de las 16:00, son casi veinte minutos de retraso. Pienso que deberé conseguir un departamento más grande mientras “se enfrían las cosas”. Pienso en lo que Bernardo está por hacer. Qué fuerte venganza será que decide esconder a su familia primero. No, nada malo debe ser, después de todo pensar en la familia de Bernardo como una mafia es una completa exageración.

 

Cien palabras sobre ella

Él recorrió el silencio de su enorme casona abandonada y fría como él. Miró la nota arrugada que ella le dejó y que decía: “me voy porque es tiempo”. Sólido argumento. Nada más qué agregar.

Ella fue un relámpago: unos segundos de luz, luego el estruendo; y la tormenta incansable que siempre estuvo ahí.

Hoy la recuerda salir de la alcoba sigilosa y garabatear algo descuidadamente en un papel. Recuerda su turbación al notar que él la mira consternado. Ella le extiende la nota. Él no lee pues la leyó en sus ojos. Ella se marcha; el tiempo se detiene.

Lucrecia

 

Era 1948 y yo tenía 35 años entonces. Recuerdo que las cosas con Socorro mi mujer no iban muy bien cuando conocí a Lucrecia. Lucrecia y yo nos conocimos en la fondita donde a veces comíamos los obreros de la fábrica de ladrillos de la calle 32. Desde ese día procuré comer diario en “Los girasoles” que así se llamaba el lugar aquel donde ella cocinaba. Con sus bellas formas, su excelente sazón y su suave trato nos traía atarantados a todos los del segundo turno. Sin embargo de alguna manera logré que esos ojos grandes se quedaran quietos en mí solamente. Pero bueno, es que no siempre he sido el viejo flaco y sin chiste que hoy tienen en frente. Por esos días yo no era de mal ver y además era yo enamoradizo y poeta. Al principio ella no me sabía casado. Para cuando lo supo estaba ya muy enamorada y lo aceptó. De mal modo pero lo aceptó.

Lucrecia tenía veintidós años. Era menudita pero tenía todo en su lugar. Sus labios eran tan finos que a uno le entraba luego la desconfianza de creerse las palabras que le salían. Como que era pura fantasía esa boca de niña. Su fragante cabello negro caía dulcemente por todo el largo de su espalda. Así de largo era su cabello. Los domingos para ir a misa usaba un vestido largo, blanco y una chalina negra sobre los hombros. Yo la esperaba al salir de la iglesia de San Agustín y pasábamos la tarde juntos en la pequeña habitación que ella tenía al final de un largo pasillo detrás de su cocina. Por la noche el olor a café con canela que ella me servía llenaba el cuarto con eso que ahora recuerdo como su amor. Nunca he podido evitar recordar su cálido aliento siempre que el café y la canela se mezclan y esparcen su aroma cerca de mí.

Serían alrededor de seis meses durante los cuales excusé como pude mis ausencias dominicales. Paulatinamente a Socorro le iba importando cada vez menos escucharme y a mí cada vez menos inventarle cuentos. Pero algo hay en la mente de las mujeres. Algo que  las hace poner el dedo en la llaga y sufrir y hacernos pensar que es por uno que sufren. Pero me doy cuenta que era el orgullo lo que le dolía y que de haber podido Socorro se habría metido con el primer tipo que se le insinuara. Pero no pudo. O tal vez no quiso. Seguramente no quiso, pensándolo bien; era mucha mujer para ese tipo de bajeza.

La cosa fue que un día Mercedes, la esposa de Ramiro, le fue con el chisme a Socorro. Le paso santo y seña de Lucrecia y de mí. Le contó del cuartito al fondo del pasillo detrás de la cocina y del clavel perfumado con que yo la esperaba cada domingo al salir de misa. Al parecer a Socorro le disgustó mucho el asunto del clavel, quizá porque no había tenido un detalle similar para con ella en años. Y es que a veces el detalle más simple, el más austero es para ellas el más romántico. ¡Así de idealistas son! Hasta parecía que a Socorro ya se le había olvidado el día que dejé, para no volverlo a ver, el reloj suizo de bolsillo que había sido de mi padre, en la casa de empeño con el fin de comprarle el anillo de compromiso. ¿No había sido eso romanticismo suficiente para una vida? Pues no. Socorro solo podía pensar ahora en mi ataviado con mi viejo traje gris a rayas, la corbata de seda que ella misma me regaló, esperando a mi amante con un clavel blanco como su vestido de ir a escuchar misa. Eso se convirtió en un reproche de cada noche. Qué bueno que Socorro jamás descubrió lo del café con canela pues hasta de ese pequeño placer me habría privado en mi propia casa. Porque con ese aroma me curaba de la ausencia de Lucrecia durante la semana esperando sus labios compasivos y dispuestos. Ese café, además, mitigaba el cansancio después de diez horas en la fábrica y una más de caminata bajo el cielo frío de noviembre para volver a casa. El café de medianoche, un cigarrillo sin filtro y el periódico del día se volvieron pues el ritual indispensable para dormir.

Yo a Ramiro nunca le reproché su indiscreción. Porque fue por él que Mercedes su mujer se enteró de mi relación con Lucrecia. Ramiro y yo trabajábamos desde hacía diez años juntos en la fábrica. En las inevitables parrandas con los demás obreros me enteré de que él tenía su casa chica. Allá por el otro lado del riachuelo, por Analco, tenía a Mariana a quien se robó de diecisiete años y con quien tenía ya dos niñas. Pero ni sabiendo eso se me ocurrió desquitarme. Eso era cosa suya. Me dio risa, eso sí pensar en Mercedes que, ingenua, le metía a Socorro cosas en la cabeza de cómo una mujer buena no permite que se le salga el puerco del corral. Hasta donde entiendo de metáforas de mujeres en este caso el puerco era yo.

El asunto fue que a Socorro se le plantó bien adentro la idea de confrontar a la mujer que le quitó los domingos con su esposo. ¡Habrase visto! Nunca entendí de donde saco tamaña insensatez ni la finalidad del encuentro. Me lo hizo saber un viernes cuando yo recién llegaba de la fábrica. Después de oírla hice a un lado el diario que leía y solté una bocanada larga del humo de mi cigarro.

-Estás loca mujer- le dije. -¿Qué sacarías con eso? Déjate de cosas que estoy cansado para pleitos de lavadero a estas horas.

La pobre refunfuñó algo sobre el amor perdido y el respeto que aún le merecía por ser su esposa a los ojos de Dios. Arrojó el posillo donde había calentado el café y se fue directo a la cama sin desvestirse.

Al día siguiente al volver de la fábrica no la encontré en casa. Y no la encontraría otra vez ni ahí ni en ningún otro lado. Supe por ahí, unos meses después, que el lunes siguiente se marchó con unos parientes de la capital. Muchos años más tarde alguien me contó que murió en el Hospital Español de una complicación en los riñones.

Pero resulta que entre que se fue de mi casa y se iba de la ciudad, Socorro fue a misa el domingo. Ella, al igual que yo, llevaba años de no pisar una iglesia. Pues bien, ese día entró a escuchar misa en San Agustín y tras que el padre excusará a todos en latín, como era la costumbre, ella se levantó señalando a Lucrecia para acusarla de adúltera. Socorro nunca la había visto pero la identificó por el vestido blanco y por una discreta mirada de Mercedes que la acompañó ese día para presenciar el drama en primera fila. Así fue que, en plena casa de Dios se desató el escándalo. Socorro la llamó una cualquiera, una puerca, le escupió en el rostro y la maldijo por destruir su matrimonio.

Yo, que esperaba afuera de la iglesia, no supe nada de esto hasta que Ramiro me lo contó unos días después. Yo solo recuerdo verla, a Lucrecia, salir llorando inconteniblemente y corriendo cual si el mismo demonio la persiguiera. Sin entender, salí corriendo tras ella pero no la alcancé. Se encerró en su cocina que nunca se volvió a abrir. Socorro lloró su pena un poco de tiempo más al abrigo hipócrita de los ahí presentes. Es por eso que no la vi ni supe lo que había pasado.

Durante la semana siguiente la gente comentaba sobre “Los Girasoles” que permanecía cerrada y los rumores eran que Lucrecia se había vuelto para Oaxaca, su tierra natal al no soportar la humillación sufrida ante vecinos y amigos. Pero lo cierto es que nadie la vio partir y de hecho nadie la volvería a ver jamás. No hace falta decir que yo también resentí la reprobación silenciosa, cuando no el abierto desprecio de quienes supieron esta historia. Estaba avergonzado, pero sobretodo abatido por mi pérdida y deshecho por la ausencia de mi Lucrecia. No probé alimento en casi una semana. Creo que de esos días me viene lo flaco que ahora estoy.

Y así lenta y penosamente se fueron tres o cuatro meses. Hoy la memoria no me ayuda tanto en los detalles. Sin embargo aún siento al recordarlo ese sudor frío, el sabor amargo en la boca y la esencia misma del miedo recorriéndome la boca del estómago. Sucedió que un día en la fábrica hubo un pequeño incendio. Como personal de mantenimiento tuve que quedarme hasta que se solucionó todo, ya bien entrada la noche. Sería alrededor de la una de la madrugada cuando ya me encaminaba a casa. No había luna esa noche pero pude ver todo claramente. Después de dos cuadras de andar encendí unos de mis Príncipe que siempre me hacían más ligera la caminata. A unos cien metros, en la esquina de Revolución y Lafragua, miré a una mujer delgada con un vestido largo y blanco parada de espaldas a mí. Inerte ante el frío permanecía inmóvil inexplicablemente bajo la luz de un farol en forma de dragón.

“¿Tanto me quiere que ha vuelto por mí?” pensé. “Tan así me ama que me espera a estas horas de la noche, a salvo de las habladurías de la gente?”

-¡Lucrecia!- grité, pero la mujer comenzó a alejarse de mí.

-¡Lucrecia, espera!- insistí pero no hubo respuesta y aceleré el paso para llegar a su lado. La seguí por todo el barrio de Santiago. No lograba darle alcance y siempre me guardaba al menos media cuadra de distancia. Me llevaba rumbo a la hacienda de Mayorazgo. Y habrán de saber que entonces había un jagüey inmenso y hondo por esos lados, cerca del río. La calle se nos había terminado hacía un rato pero ella continuaba por el sendero húmedo y lodoso del cenagal.

-¡Lucrecia!- continúe gritando pero ella seguía desplazándose hacia el jagüey. Yo aún pensaba que quizá no me escuchaba y comencé a correr más rápido para evitar que cayera al jagüey si es que no lo había visto. Me detuve instintivamente a medio metro del jagüey y solo me di cuenta de que estaba al borde del mismo porque una piedra que chocó contra mi zapato cayó dentro y salpicó mi pantalón. Al recuperar el equilibrio alcé la cabeza para buscarla ella continuaba desplazándose… ¿sobre el agua? Cerré los ojos para pensar. No sirvió de mucho era inexplicable, ¿acaso flotaba sobre el agua del estanque oscuro? Al abrir los ojos de nuevo la imagen no estaba ahí. De inmediato comencé a escuchar un lamento desolador que fue tornándose cada vez más insoportable hasta volverse un alarido infernal. Agucé el oído para encontrar la fuente de aquel sonido perturbador pero me di cuenta de que venía más bien como de adentro de mi cabeza. Sin otra cosa que se me ocurriera solo eché a correr rumbo a casa. Tembloroso en mi sillón encendí un cigarro, abracé mis rodillas y me quedé, sin dormir, a escuchar ese llanto. El llanto de Lucrecia en ese domingo trágico afuera de la iglesia vuelto chillido diabólico. La vigilia se prolongó durante casi dos semanas. El peculiar llanto se fue solo meses después de que me salí de la fábrica y me vine a vivir a León. Sólo acá me estuve sosiego pues acá no saben nada de Socorro, de Lucrecia, ni de figuras espectrales flotando en los estanques. Algunos pocos a quienes he referido esta historia me aseguran, tras santiguarse, que me encontré ni más ni menos con la llorona, que gusta de atraer a los mujeriegos a los ríos y lagunas para ahogarlos. Eso dicen.

Pero no, yo estoy seguro que ésa era Lucrecia. Lucrecia llamándome a compartir con ella la eternidad en los abismos, y yo que cobardemente me quedé acá entre los vivos para poder seguir platicándoles estas historias.

 

      

 

 

 

 

Los últimos diez años

Y la bella confidente, a quien el decir popular señala como mi Dulcinea, no quiso oír ya las quejas del corazón doliente de su poeta…
Juan José Arreola

Son diez largos años ya los que he pasado aquí. Poco ha cambiado. Las tardes aún tienen ese aroma que tiene un dejo amargo, un sabor a la más pura melancolía. Hace diez años estaba lleno de anhelos, hoy estoy lleno de añoranzas. En verdad poco ha cambiado. Ya no acostumbro dar esas largas caminatas que apaciguaban el dolor con cada paso, con cada bocanada y con cada ojeada al porvenir. Hoy prefiero oler la tarde mojada desde mi ventana mirando las colinas incendiarse y recordar con nostalgia lo que antes quise, luego tuve y ahora evoco. La vida es muy similar a la de entonces, aunque parezca tan distinta. Estaba sólo entonces, no tengo a nadie ahora. Lo que pasó en el medio de este tiempo es el punto a donde viajaban mis sueños ayer, mis memorias hoy.
No sin desprecio miro adelante y la densa niebla de lo desconocido me desalienta. Como la mayoría de los hombres, no temo a la muerte, sino a no saber cuándo la miraré a los ojos. Intento volver sobre mis pasos y hallar los signos que me definieron, que me caracterizaron y trazaron mi silueta, delineando mi personalidad. Es inútil.
Mentiría si dijera que no hay espíritus que me acompañan en las húmedas e insoportablemente calurosas noches de verano, en las que la única constante es el insomnio. Almas ilustres que recorrieron mil veces el mismo sendero que yo, caminan a mi lado. No es que no conozcan el camino de memoria, o que ignoren el oscuro mar de hipocondría en el que desemboca este río de indiferencia. Simplemente no quieren arruinar el viaje describiéndome el destino final. O acaso disfrutan recorrerlo cada vez sin importar la identidad del incauto que sin más los sigue, alentado por la inmortalidad de sus maestros, anhelando un día ser seguido por otro ingenuo soñador amante de las letras.
Incauto. Eso es lo que soy. Quise entregarme al arte y nada me detuvo hasta envolverme en la gruesa cortina de un telón, roja y brillante como la sangre fresca. El terciopelo era cálido ¡y tan grueso! Más que un suave refugio se volvió impenetrable muralla, agradable escondite contra lo vano y superfluo, morada de los más excelsos sentimientos, los más elevados pensamientos. Inútiles ambos, ya que carecían de un cauce que no fuera tu voz, tu aprobación.
Fui incauto porque no preví el costo de grabar mis iniciales en las paredes del templo de mármol, en la ciudad imperecedera del tiempo. Sacrifiqué sentir el calor abrasante del fuego por conocer la mejor manera de describir sus danzantes llamas. Agudicé mis sentidos a costa perder la capacidad de sentir con el corazón. Me volví hipersensitivo. Me volví insensible. Insensato… lo he sido siempre.
Y ahora recuerdo tantas palabras vueltas poesía, unas escritas, otras vibrando en el aire buscando llegar a ti. Tantos signos transformaron los blancos lienzos en tenues melodías. Imágenes en blanco, negro y rojo todas ellas. La depresión que aún no tenía motivo de ser se había vuelto ya el sitio común donde mis ideas se materializaban, y se volvían audibles. Cada elemento de mis obras, que sin el menor asomo de humildad llamé de arte, tenía su razón de ser en ti… su existencia dependía de encontrar en tu corazón su destino final.
Hoy flotan en el limbo, sin control ni rumbo, cientos de bocetos mutilados, sinfonías inconclusas, palabras silentes pero con un eco que resuena, como si hubieran sido enunciadas una vez y ahora solo persistieran huérfanas, ignorantes de su origen…
Palabras de rimbombante sonoridad bailan una alucinante danza, tan vertiginosa como carente de sentido. Y es aquí donde se comprueba. La pintura, la música, las letras… no tienen razón de ser. Existen en la medida que alcanzan a vibrar en los sentidos de alguien más (tú) y ahora al resonar solo en algún oscuro rincón de mi alma aturdida y confundida, parecen jamás haber sido soñadas al menos.
Diez largos años. Interminables horas lejos de los demás, cerca de tu corazón ardiente que por amarme era distinto a todos.

 

Las cruces de muerto

En esta ciudad es muy común encontrar en los caminos cruces de metal señalando los lugares donde la gente fallece, generalmente víctimas de algún accidente automovilístico. Las cruces son casi siempre negras, ornamentadas de manera sencilla y en letras blancas llevan el nombre de la persona en cuestión y la fecha en que fue alcanzada por su destino. Recuerdo que esta particular tradición, llamaba poderosamente la atención de mi amiga Heather Harms de San Mateo, California, pero que curiosamente ya conocía esta tradición antes de visitar mi país puesto que en su propia ciudad comenzaban a aparecer aquí y allá cruces similares en las grandes avenidas y sobretodo en los highways. Esto me pareció curioso pero luego comprendí que no es nada de extrañarse tomando en cuenta la enorme cantidad de compatriotas que viven por esas tierras.

Esta tarde al bajar del autobús y caminar hacia mi casa noté algo extraño en el estacionamiento de una tienda de víveres. Este tipo de tiendas pertenecen a una gran cadena en el país y casi puede encontrarse una en cada calle que uno camina. En el estacionamiento de la tienda que se encuentra a unas calles de mi casa hay un paradero de taxis. Justo en la esquina, por donde salen los autos de la tienda, estaba una cruz negra a cuyo pie reposaba una lata de frijoles (sin etiqueta, así que deduzco que era de frijoles solo por el tamaño) que hacía las veces de florero; en su interior unas pequeñas flores blancas a las que llaman nubes. Pensé entonces que ese era un lugar muy extraño para poner una cruz. Siendo casi dentro del estacionamiento sería muy extraño que alguien hubiera sido atropellado ahí. Nunca había visto la cruz aunque camino todos los días por ahí. Lo que es más, me parece que ni siquiera estaba ahí esta misma mañana cuando salí para trabajar.

Decía que la ubicación del pequeño altar era desafortunada. También es curioso, pero solo me percaté de que lo era al ver ésta cruz, que nadie regule la colocación de estos pequeños homenajes a los póstumos. Pareciera que uno llega, planta su cruz y ya está. ¿Quién tendría el atrevimiento, o la falta de respeto o tan poco corazón de arrancar tan sentido tributo? Así que el municipio se contenta con ver unas crucecitas aquí, otras por allá. ¿Por qué menciono el municipio? Debe ser por que hasta donde yo sé las aceras, camellones y vialidades se consideran propiedad federal. Pero si no se ocupan de mantener las vías de transporte en buen estado menos se harán cargo de regular lo que uno pone en ellas. Por más laico que el estado diga ser simplemente no quitaría las cruces de los caminos.

Todos estos pensamientos, fruto del cansancio producido por el exceso de trabajo, las pocas horas de sueño y el abuso de las sustancias llamadas recreativas, navegaban en mi mente sin que uno, el más importante, se plantara todavía en mi cabeza: alguien había muerto en ese preciso lugar. Sí, ahí donde caminaba diario con una caja de leche y comida para mi gato o una cajetilla de cigarros una persona había dejado de existir. Esto me llenó de una sensación de ofuscamiento y un ligero malestar estomacal, sensaciones que enfrento casi siempre que me encuentro frente a alguna situación que involucra a la muerte. Como cuando fui al funeral del papá de Bernardo.

 

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Si algo he aprendido en tanto tiempo de vivir de noche es que los taxistas tienen miles de historias citadinas. Un alto porcentaje de tales narraciones son fantasías aderezadas de realidad; todas ellas, eso sí, envueltas en la mayor cantidad de adrenalina de que son capaces de inyectarle los cronistas citadinos sobre ruedas. Siendo así, el recuerdo de una conversación con un conductor de taxi se plantó en mi cabeza poco después de que el malestar en mis entrañas se fue aminorando.

Ocurrió en días pasados mientras me dirigía a trabajar. Se me había hecho tarde y además llovía, así que decidí abordar uno de los carros negros con rótulos amarillos que prestan el servicio de llevarlo a uno sano y salvo, pero sobretodo seco, a cualquier punto de esta ciudad. Eran cerca de las seis de la mañana aunque el amanecer no se veía cercano. El taxista después de un habitual saludo lanzó la invariable pregunta de los que quieren amenizar el trayecto.

-¿Ya nos vamos a la chamba?- preguntó adivinando por la hora y sobretodo por mi expresión de condenado dirigiéndose a la horca.

-No hay de otra mi jefe- contesté, frío, casi indiferente.

Segundos después un carro nos rebasó por la derecha en lo que fue poco menos que una afrenta para el taxista.

-Luego por qué hay accidentes mi joven- refunfuñó – y siempre tiene la culpa el chofer de transporte público- agregó entre molesto y sarcástico.

Asentí con un gesto casi automático. Pasaron un par de minutos sin que dijéramos nada más. Al parecer el silencio incomodaba a mi interlocutor quien de pronto retomó la charla. Al parecer su comentario sobre los accidentes le había hecho recordar una historia.

-Entonces ¿no vio usted al muertito?

-¿Perdón?- contesté extrañado. La forma en que abordó su narración me sobresaltó.

-Sí, ahí, en el estacionamiento de la tienda que está en la 77 y la 56… ahí mero donde lo levanté a usted, ahí atropellaron a un señor. Un viejito.

Los mexicanos, como seguramente gente de otras naciones, hacemos uso de muchos eufemismos, así que deduje que el “viejito” no era necesariamente un anciano de poca estatura.

-No, no lo vi. – contesté ahora con un poco de interés aunque tratando de alejar de mi mente la imagen sangrienta que sabía que el taxista estaba a punto de describir.

-Estuvo bien feo mi joven. Fue como a eso de las ocho de la noche. Un autobús que por ganarle el pasaje al camión que venía atrás invadió la banqueta y el estacionamiento a toda velocidad y se fue sobre los mismos pasajeros que quería recoger. Aventó a dos y le paso encima al viejito que le digo. Yo estaba por ahí pero no me di cuenta de nada hasta que vi el charcote de sangre…- al escuchar esto dejé de mirar al frente y comencé a mirar por la ventana lateral, como interesado en el asfalto negro que pasaba rápidamente bajo nosotros y que era lo único visible a esas horas. Mi conductor continuó con su relato.

-Pero fíjese usted como actúa Dios…- dijo. El tipo sabía darle interés a su narración, eso sí.

–Atrasito del camión- continuó -venía un policía judicial que vio todo. El chofer del autobús bajó a todos los pasajeros y en medio de la confusión se escapó a una velocidad que parecía estar buscando otro accidente. ¡Claro, se quería escapar! Pero el agente que de por casualidad pasó por ahí lo detuvo en menos de quince minutos de persecución. Ahí donde están los cines de la 72.

-Pues que bueno que el policía ése andaba por ahí – contesté y al decir esto empecé a dudar de la veracidad de lo que escuchaba, sobretodo por la cantidad de detalles aportados. Mi narrador pareció adivinar mis pensamientos porque de inmediato añadió:

-Lo del judicial que atrapó al conductor del camión lo supe porque lo escuché en las noticias de la radio. En el programa de “No te estreses, con Juan Meneses”.

Sonreí y pensé: “claro, el programa oficial de los taxistas, conductores de autobús y demás”. El programilla era gustado por las gentes que andaban tras el volante debido a que era ameno y con chismes de la ciudad además de proveer un muy completo reporte vial, que, a falta de helicóptero, se generaba a través los mensajes de una enorme red de taxis en distintos puntos de la ciudad.

-Pos le decía que lo de la justicia divina es bien cierto mi jefe- continuó el taxista – porque al chofer del camión lo agarraron y se tuvo que hacer responsable… y no porque el judicial haya tenido un gran sentido del deber, ¡al contrario!

-¿Cómo así?- pregunté sorprendido.

-¡Sí joven! , resulta que el representante de la ley lo único que vio en el accidente fue la oportunidad de seguirse pagando la borrachera que de por sí traía.

-¿Estaba borracho?- pregunté alarmado e indignado.

-Sí, y no quiso perderse lo que seguramente sería una rica mordida.

-Ah, ya. ¿Y dónde entra la justicia divina?

-Bueno, pues el chofer al verse atrapado y sin dinero no quiso entrarle. Es más: él mismo reportó al agente judicial que, en primera no estaba en funciones a esa hora y en segunda estaba briago.

-¿Y en qué acabó el asunto?

-Los dos acabaron encerraditos, uno por homicidio imprudencial, el otro por intento de cohecho, y abuso de autoridad. Justicia divina joven.

“Double play” pensé mientras una insinuación de sonrisa cruel se dibujó en mi semblante al tiempo que me imaginaba a Dios jugando base ball y me preguntaba si valía la vida de una persona atrapar a dos rufianes.